10 agosto, 2001

¡Casi una Tragedia!

Transcurre una tarde perezosa de un día de primavera de los años cincuenta.

Un grupo de niños juega, en sus felices y despreocupados años, en las escalerillas situadas en la Plaza de la Villa, que constituyen el inicio de la calle Navas de Tolosa.

-"¿Plaza de la Villa?¿Navas de Tolosa?...pero, ¿de qué lugar?"

-"De Laredo, naturalmente."

-(!)

Aclaro que en aquellos años, la actual Plaza de la Constitución era comúnmente conocida como Plaza de la Villa, que al hablar del Ayuntamiento se decía asimismo Casa de la Villa, que la calle Ruamayor se llamaba Navas de Tolosa, y que la escalinata corrida que hoy conocemos era distinta. Disponía de un doble tramo de escaleras con barandillas, que desde un descansillo en la Plaza se abrían a derecha e izquierda, frente a Navas de Tolosa, después continuaba una plataforma descendente protegida por una barandilla metálica, rematándose con unos escalones a la altura de la actual entidad bancaria, que entonces ocupaba la que fue conocida cafetería "Piquío", cubierta ésta por una marquesina de cristal.

Se encontraba la chiquillería ya algo aburrida, cuando Domingo, un niño grande y noblote, apareció por allí y se fijó en un carro de mano que había parado a la altura del bar "Buenos Aires", en la calle Navas de Tolosa. Comenzó a moverlo, y a algunos de los niños, que hata entonces no se habían percatado de la presencia del carro, se les alegró el semblante y se acercaron raudos.

Mingo no tuvo más que decir "¡subir!" para que, sin pensarlo dos veces, cuatro niños se montasen en el carro.

Los primeros metros los fueron recorriendo por la calle del Medio pero, bien por el esfuerzo de rodar en llano, o ya por el atractivo de ir cuesta abajo, el caso es que se modificó el trayecto, volviendo a la calle Navas de Tolosa, y el conductor colocó las dos varas del carro hacia atrás respecto al sentido de la marcha, y comenzó a empujar.

Poco a poco el carro rodó con alegre facilidad, de forma controlada, calle abajo, para deleite de los chicos, que iban como en la gloria, rebasando en su trayectoria los bares "América" , "Guti", "Nando" y "La Marina". A partir de aquí, a la altura de la calle Ruayusera, el carro fue tomando velocidad y el poble Mingo ya no pudo detenerlo. Ya no empujaba, sino que trataba de retener.

Los pocos metros que restaban hasta el final de la calle pasaron vertiginosamente. Mingo, congestionado, siguió aferrado a las varas, en un esfuerzo desesperado por detener el avance.

Un adoquín, un maldito adoquín suelto, hizo que al pasar sobre él una de las ruedas, torciese el carro, modificando su trayecto, chocando ruidosamente contra la barandilla del tramo doble de las escaleras, no de forma frontal, sino en diagonal.

La escena que sigue transcurrió como rodada a cámara lenta:

Un niño, otro más, y otro y otro, volaron literalmente sobre el carro y la barandilla y fueron a caer amontonados, milagrosamente, no a la plaza, sino al descansillo superior del tramo doble de escaleras.

Aquello fue un alboroto. Las mujeres gritaban "¡se han matao!", y los hombres corrieron a auxiliar a las víctimas.

Los chavales, aún en el suelo, en un revoltijo de piernas arriba, codos abajo, con rodillas, cabezas y manos mezcladas, comenzaron a llorar. Al levantarles los hombres y ver que no habían sufrido daño alguno, sus llantos se transformaron en risas, nerviosas, pero risas.

Tras el impacto, dos de ellos habían quedado descalzos, sin alpargatas en ambos pies, y otro buscaba la sandalia que le faltaba, hasta que vio que la llevaba en la mano el restante.

-"¿Y Mingo?"

Mingo, amigos, cuando los cuatro chicos se acercaron a él, estaba aún muy sofocado y tembloroso, y el infeliz, que era una pizca tartajo, solo fue capaza de decir:

-"Cho...cho..."

-"¿Qué?", inquirieron los chavales.

-"¡Que cho...chocamos!"

Y dándose la vuelta, con las manos en los bolsillos y la espalda encorvada por el peso de lo ocurrido, el buen Mingo se marchó silenciosamente por la calle Ruayusera.

Mientras, uno de los cuatro "figuras", aún cojeando levemente, decía a los restantes, un poco perplejo:

-"Salimos todos volando...¡y no nos pasó nada!"

Etiquetas:

01 agosto, 2001

¡Cosas de Hombres!

Una apacible y soleada tarde de un día cualquiera de Agosto de los años setenta, en Laredo.

Los niños juegan y corretean, despreocupados y felices, en la Plaza de la Villa, mientras sus jóvenes madres charlan o hacen punto -o ambas cosas a la vez-, sentadas en los veladores de la espaciosa terraza de la Cafetería Sinfo, que atiende el buen "Conce" Panadero -el único varón en Laredo con nombre casi exclusivamente femenino, como es el de Concepción-.

Pasa el tiempo con reposada lentitud, cuando una de las madres se acerca a otra que hace punto de aguja a ritmo frenético, y le pregunta:

"¿Qué le ha pasado a tu hijo, que se lo han llevado dos policías?"

La joven por poco se desmaya. Se levanta y en su precipitación mueve la mesa y los vasos se rompen con gran estrépito al estrellarse contra el suelo.

Atraviesa, corriendo, el callejón entre la cafetería y la Casa Consistorial, seguida de otras personas que no quieren perder detalle de lo que ocurre, a las que se une la chiquillería, que ha abandonado sus juegos para unirse al cortejo.

Dobla la esquina y junto a la fachada trasera del Ayuntamiento se encuentra con un grupo de, por lo menos, diez agentes de la Policía, en derredor de algo o de alguien.

El círculo se abre, y dos agentes junto a un niño de no más de seis años de edad, de figura ágil y delgada, se acercan a una de las ventanas, de grandes dimensiones, cuya base queda a la altura de un adulto. La pareja de policías entrecruza sus manos y piden al niño que ponga sus pies en ellas, a modo de estribo.

Poco a poco van subiendo al menor hasta alcanzar los pies de éste el alféizar. De pie y agarrado a los sólidos y torneados barrotes de protección, uno de los agentes pregunta al niño:

- "Lin*, ¿cómo te llamas?"

- "Javier."

- "Bien, Javier, ahora mete la cabeza entre los barrotes, a ver si pasa. Poco a poco, otro poco más, venga, un poquitín más. ¡Ya está!"

A indicación del agente, el niño introduce el hombro hasta lograr pasar su cuerpo al interior del ventanal, al estar abiertas las dos hojas. A continuación, un agente, sentado en los hombros de un compañero para ganar altura, pasa sus brazos entre los barrotes, toma con sus manos las del menor, y le va descendiendo poco a poco, con gran cuidado, hasta que los pies del niño se posan sobre la mesa existente al pie de la ventana.

El policía sigue dando instrucciones precisas al niño:

- "... muy bien, Javier, y ahora, sal del despacho, sigues por el pasillo de la derecha, bajas unas escaleras y abres una pequeña puerta que hay dentro de la puerta grande."

Pasan unos segundos de angustiosa espera, que se hace enternos.

Al abrirse, por fin, el portillo de la inmensa puerta trasera del Consistorio y salir el pequeño al exterior, es recibido con un nutrido aplauso de los agentes.

Pero, ¿alguien puede explicar a qué se debe tamaño alboroto?

Sencillamente, el Jefe de la Policía Local se había dejado olvidadas las llaves en su despacho, y no se podía acceder a las dependencias municipals, incluído el cuerpo de guardia, salvo tener que forzar la aparatosa cerradura, ... lo que habría supuesto un considerable bochorno para los agentes que, gracias al pequeño, lograron solucionar dignamente.

Cuando la madre recupera el aliento, abraza y pregunta, medrosa, a su hijo, lo que ha pasado. Uno supone que el niño, muy ufano y con legítimo orgullo, en su lenguaje infantile, le dice algo equivalente a esto:

"Nada, mamá. ¡Cosas de hombres!"

*Lin: Apelativo cariñoso, que se usa exclusivamente en Laredo, Cantabria, España.

A mi hijo Rufo-Javier de Francisco, "héroe" efímero de aquel hecho real, en este su Laredo natal, desde su lejana proximidad en San José, California, con todo cariño.

Etiquetas: