14 mayo, 2005

El Teléfono

Una soleada tarde de una primavera cualquiera de principios de los años cincuenta.

Varios niños corretean por entre los botes varados en la primera rampa del puerto de Laredo, existente justo a la altura de la fábrica de conservas "Salvarrey".

Un joven marinero observa que uno de los chicos está enrrollando la cuerda en una trompa y cuando la tiene lista, la lanza contra el suelo, al grito preventivo de "¡Rompo huesos y espinillas!". El resto de los niños, de edades comprendidas entre los 9 y los 12 años, se apartan del ángulo de tiro... pero el lanzamiento falla estrepitosamente, ante las risas de la chiquillería, mientras la trompa sale disparada dando volteretas.

Cuando recupera la peonza, el joven se la pide al niño, junto con el cordel, la enrolla con soltura y la lanza no a tierra sino... ¡al aire!. Extiende el brazo como un resorte, y con precisión la trompa cae en la palma abierta de su mano, para admiración del grupo de niños. Haciendo un alarde de dominio, la contornea y se la pasa a la mano del niño, que pasado el bochorno, la recoge con agrado.

El noble muchachón, al ver que ha impresionado a la concurrencia, dice:

- "¡'Ir' todos a aquella rejilla, y 'poner' la oreja en ella!". Y les señala un punto situado a unos treinta metros del lugar donde se encuentran.

Los niños corren hacia el sitio indicado, y con la inocente creencia y fiabilidad de su edad, se agachan y aplican sus pabellones auditivos a la rejilla.

El joven se agacha en un preciso punto del muro lateral izquierdo de la rampa, y con su gran vozarrón exclama:

- "¡Soy el demoniooooooo!"

Instantes después, de la rejilla salen esas palabras, ampliadas, resonantes y guturales, como procedentes del mismísimo Averno

Como impulsados por un resorte, los niños, atemorizados, se levantan en tropel y salen corriendo en todas direcciones.

Con mal disimulado temor se reagrupan y miran hacia el muchacho, el cual, de pie, riéndose, les hace señas para que se acerquen, como así hacen.

Un buen mago jamás explica sus trucos al público, pero Toñín, que así se llama nuestro joven, desea desvelar el misterio a los chicos, antes de que éstos lo descubran por sí mismos.

Una vez junto al muro lateral de la rampa donde se encuentran, les enseña una pequeña oquedad, y les explica que ...

Sencillamente, se trataba de un desagüe para recoger el agua de lluvia que en la zona donde estaba la rejilla se encontraba a un nivel ligeramente inferior al del puerto, para impedir la formación de charcas junto a las viviendas aledañas, conduciendo las pluviales mediante la tubería, a la rampa dicha.

Durante el tiempo que duró ese conducto, hasta que fue suprimida la pequeña rampa por ser absolutamente innecesaria al existir otra paralela, a escasos metros frente a la Cofradía, y de un mayor desarrollo, cuántos niños y niñas se comunicaron, de extremo a extremo, cual si de un teléfono público -y gratuíto- se tratase.

Cierto que las comunicaciones han experimentado un notabilísimo avance y ahora los teléfonos móviles de cada nueva generación, aportan un sinfín de prestaciones, en diseños cada vez más atrevidos.

Aún así, me gusta recordar aquel ingenuo "teléfono de piedra" a través del cual muchos niños laredanos nos hablamos, gritamos e insultamos, para terminar siempre, -afortunadamente y como chicos que éramos-, alegres y contentos, con el día y con toda una vida por delante.

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Colaboración en "De Laredu, Lin"

Hace unos pocos días me encontré con el director de la Revista "De Laredu, Lin", el amigo Javier González. En el transcurso de la charla me dijo que su publicación va a cumplir ahora el tercer año de vida, y me pidió una colaboración para el número que conmemore ese aniversario, la cual podía versar sobre cualquier tema.

Agradecí a Javier su ofrecimiento y le dije que lo aceptaba con satisfacción.

Dos son las razones que me han movido a ello:

La primera, que conozco a Javier desde que se incorporó a nuestra Villa. Acudo al refranero español, que es el poso, el fermento ancestral de la sabiduría popular, y tomo aquel de "La cara es el espejo del alma". Semblante sereno, sonrisa franca y mirada limpia. Aposté por él desde el primer momento en que fuimos presentados, y no solo no me equivoqué, sino que, creo, aún me quedé algo corto en mi primera valoración inicial.

La segunda razón es que me agrada el modo de tratar a las personas que han ido apareciendo en la Revista "De Laredu, Lin", siempre en un tono de respeto y moderación.

Y ese estilo me recuerda la forma muy coincidente en que lo hacía el semanario "La Ilustración de Castro", entonces de ámbito comarcal (se distribuía, además de Castro-Urdiales, en Laredo, Colindres, Santoña y Ramales), en cuyo semanario, que gozó de gran difusión en esta Villa, llevé una sección histórico-costumbrista titulada "Nostalgias Pejinas", que a lo largo de cuatro años, de 1.978 a 1.981, recogió los testimonios de personas muy conocidas en Laredo, como D. Alejandro Martínez "El Explicador", D. Agapito Laya, Don Nemesio Martínez ("Pelines"), Don Angel Salomón, y tantos otros, todos hoy lamentablemente desaparecidos, que contaron sus vidas, sus testimonios y experiencias, las cuales quedaron recogidas de forma impresa, de modo que es posible volver a su lectura y recordar aquellos ya lejanos tiempos, aquellas variopintas circunstancias y a veces emotivos hechos que les tocó vivir.

De otro lado, "De Laredu, Lin", introduce muy acertadamente en sus páginas, y con profusión, antíguas fotografías de personas y grupos, asimismo de modo semejante a como "La Ilustración" hacía, que incluía con cierta frecuencia, fotos antíguas, esencialmente de personas, grupos, coros, rondallas, comparsas, etc., aunque, bien es verdad, con la limitación que imponía el medio tradicional de rotativa, que no es comparable con la alta calidad técnica actual en el tratamiento de imágenes, como tampoco su soporte en papel cuché, signo de los tiempos, como lo es la propia revista "De Laredu, Lin".

Cuando nos despedimos Javier y yo, continué mi paseo hacia el puerto, y pensaba qué tema podía tratar. En ese momento me encontraba casi a la altura de la Cofradía de Pescadores, y ajeno a mi voluntad, el recuerdo me llevó a los años de mi niñez justamente en aquella zona. Entrecerré los ojos, dí marcha atrás a la moviola de mis tiempos y apareció bastante nítida la escena que paso a narrar...

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