14 mayo, 2009

La Tertulia (III)

- ¡¡Feliz cumpleaños, Iñaki!!, le desearon sus amigos.

- Gracias, compañeros. Hoy, como bien sabéis, celebramos mi onomástico, pero no voy a comentaros sobre los temas que hemos venido tratando en anteriores tertulias, y os explico la razón: en este año 2.009 se cumple el 125 aniversario de la llegada de las Monjas Trinitarias a Laredo.

Diréis que qué tiene que ver este hecho con nuestro Club. ¡Pues tiene que ver, amigos! Y vosotros, que sois agudos como linces, lo vais a entender a la primera.

Veréis: nuestro Real Club Náutico de Laredo viene manteniendo una entrañable relación de entendimiento con la Comunidad de Monjas Trinitarias, que como sabéis, tiene su base en el Convento de San Francisco, en la calle del mismo nombre, en plena Puebla Vieja. Pues bien, a sabiendas del grado de dificultad económica que atraviesa esta bendita Comunidad para no sólo mantener el enorme Convento, sino el elevado costo que le supone su labor de atención a personas necesitadas, con independencia de las siempre escasas ayudas que reciben de las Instituciones, nuestro Club ha tenido la idea de promover una Subasta Benéfica a favor de dicha Comunidad, para lo cual ha llegado a un acuerdo con la conocida empresa Inversis Banco, consistente en la subasta de una obra del conocido artista José Ramón Gómez García, el cual expondrá en los salones de nuestro Club entre mediados de Julio y Agosto del corriente año.

Pero quiero, antes de nada, dar unas pinceladas sobre lo que las Monjas Trinitarias representan para Laredo:

Tras muchos avatares históricos que tan sólo comentarlos en brevedad, por simple razón de espacio desbordarían la extensión de esta página, los Padres Franciscanos se instalaron en el nuevo Convento, que ultimaron sobre el año 1.570 en la Calle Cordoneros, hoy Calle San Francisco. Tuvieron que pasar tres centurias más hasta el sábado día 5 de Enero de 1.884, cuando se produjo, exactamente al mediodía, la llegada de 10 monjas de la Orden de la Santísima Trinidad, procedentes del Monasterio de Villaverde de Pontones, con la misión de dedicarse a la enseñanza de las niñas de Laredo. Por la tarde, en procesión, con asistencia del Sr. Obispo, sacerdotes, representación del Ayuntamiento y banda de música, acompañadas de prácticamente todo el vecindario, llegadas a su destino en el Convento, en la iglesia entonaron el canto de acción de gracias. Inmediatamente después comenzaron la ruda tarea de limpiar y reparar desperfectos, instalar sus catres y empezar a desarrollar su vida religiosa y de trabajo.


"Llegada de las Trinitarias a Laredo en 1884", dibujo de Javier Hoyos Arriba

Desde entonces, las "Monjas Trinitarias, como cariñosamente se les conoce entre el vecindario, han hecho una trascendental labor social y asistencial digna de los mayores elogios. Durante tiempos difíciles para nuestro pueblo, las Monjas Trinitarias vivieron en unas condiciones de pobreza auténticamente evangélica. Las clases que impartieron, siempre fueron gratuitas. Enseñaron a coser, zurcir y bordar a las jóvenes y las instruyeron en la enseñanza, en la religión y en las buenas costumbres. Desde hace años ya no ejercen la docencia, dedicándose por entero además de la vida contemplativa, a las labores de ayuda al necesitado. Esta Comunidad se ha ganado, merecidamente, el respeto, el cariño y el alto aprecio de los laredanos todos. En épocas de dificultades y privaciones, como fueron, por ejemplo, los de la posguerra, los pescadores laredanos, bien conocedores de las penurias de ?sus? Monjas Trinitarias, cuando se producían capturas de chicharro, verdel, etc., lo primero que hacían al llegar a puerto era llevar a aquellas una parte de la pesca para que pudieran mitigar, al menos, tanta necesidad en aquel viejo y frío Convento.

Hoy, afortunadamente, aunque las Monjas Trinitarias disponen de lo más indispensable, desde luego nada les sobra para poder atender a cuantos necesitados llaman a su puerta. De ahí la feliz iniciativa de la Junta Directiva, a propuesta del Presidente de nuestro Real Club Náutico, de destinar íntegramente a la Comunidad de Madres Trinitarias de esta Villa, el importe que se recaude en la indicada subasta.

Así pues, queridos amigos y tertulianos, permitidme dejar para mi próximo cumpleaños el ofreceros un reportaje en esta misma Sección, que versará, os lo anticipo, sobre un curioso fortín de defensa que se construyó en uno de los espigones de la antígua Dársena de Laredo un ya lejano año 1.874...

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15 septiembre, 2008

"Gran Batalla de Flores" - El orgullo de una fiesta centenaria

El día 29 del pasado mes de Agosto de 2.008 conmemoró Laredo, con todos los honores, la celebración del primer centenario de su fiesta reina, como es la "Gran Batalla de Flores".

Como era de esperar, Ayuntamiento, carrocistas, asociaciones, peñas, instituciones, entidades y vecindario, unieron voluntades en orden a lograr el máximo esplendor en la conmemoración de un magno espectáculo, como es esta gala floral en la que se libra la más pacífica, bella e incruenta de las batallas, donde los ingenios o máquinas de guerra han sido sustituido por esplendorosas carrozas, tapizadas de flores y rematadas con pétalos de rosas, y hasta los 'proyectiles' que se lanzan, a modo de cruce o vínculo afectivo entre carroza y público asistente, están formados por inofensivas serpentinas y 'bolas de nieve' como son los confeti envueltos en papel de seda, todo ello dentro de un ambiente multicolor cargado de alegría desbordante, de ingenio y de buen gusto.

Laredo, como los demás pueblos y ciudades del litoral, nació y vive abierta a la mar. Cuando a principios del siglo pasado se pensó en organizar un festejo atractivo y novedoso, teniendo en cuenta que la población de esta Villa en su mayor medida era de origen pescador, se decidió que para dar al espectáculo ese matiz marinero, tenía que celebrarse en el agua, en la dársena. Recordemos cómo ocurrió:

Transcurría en Laredo un cálido y placentero mes de Agosto del año 1.908, y había un buen número de laredanos que, afincados esencialmente en Cuba y Argentina, donde regentaban sus negocios e industrias, regresaban, si no todos los años, sí con regular frecuencia, a su villa natal. Entre ellos se encontraba Nicasio Escalante Castillo, que fue quien propuso la celebración de una fiesta que tendría lugar en la mar, en la dársena del puerto, terminado el año 1.884, el cual aún no contaba con el espigón Norte, que se inició durante la Dictadura y fue finalizado al término de la II República, en la que participarían las embarcaciones existentes en el Cabildo, eso sí, adornadas para la ocasión.

El Cabildo o Sociedad de Pescadores, ocupaba un inmueble situado frente al Ayuntamiento, el cual fue expropiado por éste muy poco tiempo antes, para la construcción de la nueva Casa Consistorial, que no se llegó a edificar, en el lugar que hoy ocupa el Banco de Santander. Tras esa expropiación, el Cabildo construyó su nueva sede, en planta baja, donde se ubica, ampliada, la actual Cofradía de Pescadores de San Martín. Por aquellos años el número de socios que constituían la Sociedad ascendía a 580. En cuanto a las embarcaciones de pesca, de las 126 existentes, el mayor número de ellas eran las traineras, 79 en total con un arqueo de entre 3 y 5,30 toneladas, seguidas de los botes que totalizaban 40, de entre 1 y 1,40 toneladas. Unas y otras, movidas y gobernadas a base de remos.

Aquella propuesta fue recogida con agrado, y el propio Escalante pudo disponer de una amplia trainera. Puesto al habla con el entonces estudiante de arquitectura, el también laredano Gonzalo Bringas, éste diseñó los ornamentos para reconvertirla en una airosa góndola, que fue bautizada como "La Argentina".

Tuvieron la ocurrencia de tender entre palos unas finas alambres de las que colgaban decenas de brillantes sardinas. Brillantes pero no sabrosas porque no eran comestibles, ya que las de la góndola habían sido recortadas en láminas de hojalata bruñida, que resplandecían al sol en sus movimientos. Asimismo adornaron la trainera con guirnaldas de flores en forma de arcos.

La histórica fotografía que acompaña estas líneas recoge la góndola "Argentina", atracada junto a una de las escaleras del actual puerto, prácticamente ocupada por jóvenes mujeres que lucen elegantes vestimentas y amplios sombreros. A la derecha de la imagen, aparecen hombres, mujeres y niños, que contemplan la escena desde el puerto. ¡El novedoso espectáculo marino que se organizó en Laredo ese año 1.908, estaba a punto de comenzar!

Ni que decir tiene que la fiesta constituyó un clamoroso éxito, ya que fueron numerosas las personas que embarcaron en las lanchas participantes, que sobrepasaron la veintena, y pudieron gozar activamente del espectáculo, el cual se desarrolló, como se dice, en la dársena, lanzándose de lancha a lancha desde serpentinas hasta flores y confeti.

La góndola de Escalante iba provista al parecer de una inacabable reserva de caramelos y de menudos y sabrosos confites de pastelería que a manos llenas arrojaban sus ocupantes al resto de las embarcaciones, además de las sardinas ?sintéticas? de hojalata. Parece que los improvisados gondoleros no escatimaron gastos y prácticamente tiraron la casa por la ventana, o si se prefiere adecuar el dicho a la circunstancia, lanzaron la embarcación por la borda. La mayor parte del vecindario seguía expectante, aunque de forma más pasiva y segura, el desarrollo del festejo, desde los propios muros del puerto pesquero.

La alegría de las gentes a bordo de las embarcaciones era exultante y contagiosa, y de vuelta aquellas al regazo maternal de los muelles, tras haber gozado más que sufrido la primera batalla naval más tranquila, desenfadada y alegre de las que se hayan celebrado jamás en esta villa marinera, el destino de la recién inaugurada confrontación quedaba firmemente labrado en el ánimo de los pejinos todos. ¡Había nacido la "Gran Batalla de Flores" de Laredo!

Pero se imponía establecer para las sucesivas celebraciones del espectáculo una no solo importante sino imprescindible modificación. Y es que realmente sólo podían participar activamente en la Batalla, las pocas personas que, además de los tripulantes, podían ir en las pesadas lanchas, algunas de reducida eslora y muy poca manga. De otro lado, en el acaloramiento de la fiesta, al moverse para lanzar serpentinas o recoger caramelos y confituras, las embarcaciones se balanceaban peligrosamente, con riesgo evidente y real de volcarlas, lo que podía constituir toda una tragedia que era absolutamente preciso evitar.

Se creó una Comisión el año 1.909, para tratar sobre ese importante tema, formada, entre otros, por Nicasio Escalante, Gonzalo Bringas, Tomás Dehesa y Nicolás Gereda, además de los representantes municipales.

Estudiados que fueron diversos proyectos e ideas, desechado el elemento marino, no quedaba más alternativa que trasladar el festejo a un soporte mucho más consistente, donde -como gustaba decir a nuestros antepasados- desde tiempos remotos 'pisa el buey', es decir, a tierra firme.

Pero, principalmente, se esbozaron las bases que habrían de dotar de contenido a la propia fiesta. Así, se convino en que la raíz del festejo debería consistir en el desfile de un buen número de carrozas, rematadas en su grado máximo con flores y hojas, cuyas carrozas podían ser movidas o empujadas por personas, o bien tiradas por caballos. Para animar a los vecinos a participar, se convino en establecer una serie de premios en metálico, por parte del consistorio, así como regalos de particulares de artículos diversos. Se creó un jurado calificador, se fijó como fecha de celebración el último domingo de Agosto, y hasta se estableció como hora de comienzo, las cinco de la tarde.

Fruto de esos acuerdos, ese año 1.909, la segunda "Gran Batalla de Flores" tuvo lugar, un domingo de Agosto, pero trasladada a la más amplia de las vías públicas de Laredo, como es el Paseo Menéndez Pelayo, conocida popularmente, hasta el día de hoy, como "la calle del Paseo".

La pista sobre la que iban a competir las carrozas participantes quedaba determinada por un tramo, uno de cuyos extremos estaba comprendido entre los jardines situados frente al viejo Ayuntamiento mientras que el restante extremo del Paseo se situaba donde éste se encuentra con la Calle Juan José Ruano. En ambos puntos giraban las carrozas, alrededor de una inmensa barrica recubierta con la bandera nacional, que se situaba en el centro de la vía.

Ese año y en los sucesivos, en las dos márgenes de dicho Paseo se instalaban unas hileras de grandes barricas o toneles, separadas entre sí, y en tramos aislados se montaron tribunas de madera, adornadas o revestidas de banderas, suntuosas colchas, etc., que alquilaban y ocupaban grupos de familias distinguidas o de amigos, invitados y forasteros. El resto de los espacios lo ocupaban los vecinos, que bien de pie junto a las tribunas, o ya sentados sobre los toneles o en el suelo, disfrutaban también del espectáculo. La tribuna presidencial quedó instalada en la margen derecha del Paseo, a la altura de las "casas de los hierros" hoy demolidas. En los años siguientes, esa tribuna se situó, prácticamente a la misma altura, pero en la margen opuesta, frente a las "casas de Don Lucas", más altas, para evitar que los rayos de sol de Poniente dificultasen al jurado y a las autoridades la visión de la fiesta.

El primer premio de esta segunda edición, la primera celebrada en tierra, fue para la carroza de Nicolás Gereda. También concursaron carrozas de papel, que recibieron premios adicionales, y desfilaron, mezclados entre las carrozas, carros engalanados, tirados por caballos, así como numerosísimos vehículos particulares. Pocos años después se suprimieron éstos, por el estruendo, molestias y contaminación que causaban.

Según recogió la prensa, el espectáculo fue todo un éxito de público asistente, y la colonia veraniega, ya muy numerosa y consolidada, gozó asimismo de un nuevo festejo. La "Gran Batalla de Flores" nació predestinada para ser reina y señora de las fiestas de un pueblo cargado de densa historia.

Fue en el año 1.940 cuando la Comisión organizadora de la Batalla decidió que la misma se celebrase en día laborable, y no en domingo, acordándose poco después que ese día fuese viernes, para evitar las masivas llegadas de visitantes, que para entonces rebasaban las treinta mil personas, colapsando la villa, Ello cuando aún no había llegado el fenómeno del turismo de masas, con la ampliación constructiva y poblacional hacia El Puntal, que trajo consigo en épocas posteriores, lo que hizo a su vez duplicar con creces aquel número de personas, que acudían de los pueblos próximos, del pais vasco y de las restantes provincias limítrofes.

En la década siguiente a su creación, en la Batalla participaban entre 20, 30 y más carrozas. En las sucesivas, su número se estabilizó entre 12 y 15, y ese viene a ser, más o menos, el que se viene manteniendo.

Desde el año 1.909 y hasta el año 1.972, con la excepción del año 1.936 que marcó el inicio de nuestra Guerra Civil, es decir, a lo largo de 62 años, la gala se vino celebrando en el Paseo Menéndez Pelayo.

Los años 1.937 y 1.938, en plena contienda civil, la fiesta fue, al parecer, particularmente modesta, casi testimonial, y ello gracias al empeño de unos pocos carrocistas, que confeccionaron con gran sacrificio, unas carrozas sencillas., pero dignas. Los premios debieron ser tan bajos, que apenas cubrieron gastos, según contaban. El año 1.939, ya se volvió a editar el programa oficial de fiestas del Ayuntamiento de Laredo, y en él aparece anunciada debidamente la Batalla.

Sin embargo, este año 2.008, con motivo del Centenario de la fiesta, dado el extraordinario número de carrozas participant El año 1.973 su circuito fue trasladado a la entonces recién modernizada Avenida de José Antonio, cuya amplitud de calzada ofrecía un buen marco para su desarrollo, con 800 metros de pista -400 de ida otros tantos de vuelta- acotadas íntegramente sus dos márgenes con gradas, ya metálicas, para el público. Este itinerario permaneció cuatro años, hasta 1.977.

Al año siguiente, 1.978, a iniciativa de la Comisión de la fiesta, integrada por Don Manuel Quintana, Don Francisco Bárcena y Don Eduardo Gómez, la Comisión Municipal de Cultura acordó trasladar la fiesta a la Alameda de Miramar, con un circuito de 600 metros de pista de carrozas, duplicándose a 1.200 metros el perímetro de espectadoras. En tres de sus lados se instalaban gradas, así como en las calles que la bordean, López Seña, Padre Ellacuría, Marqués de Comillas y Comandante Villar, situándose la tribuna de autoridades, invitados y Jurado, en esa última calle. Este circuito, a lo largo de 29 años, ha resultado el más idóneo, céntrico y bello, girando alrededor del mayor pulmón vede con que cuenta Laredo.

Sin embargo, este año 2.008, con motivo del Centenario de la fiesta, dado el extraordinario número de carrozas participantes, veintitrés en total, ha habido necesidad de ampliar el circuito, que incluye los tramos finales de las Calles López Seña y Marqués de Comillas.

La no celebración del festejo el año 1.936, aclara la aparente contradicción del cartel anunciador de la que acaba de conmemorarse: "Año 2.008. Centenario de la Batalla de Flores - 99 Edición". Ese cartel está inspirado en la referida fotografía de la primera celebración en la mar.

Si se repasa la ya larga historia de la "Gran Batalla de Flores", se verá que muchas cosas han cambiado, pero hay algo que permanece inalterable, como es el denodado empeño de los carrocistas laredanos ?sin olvidar los de otros pueblos próximos- por mantener este festejo incomparable, diseñando y construyendo, durante muchos años en condiciones bien precarias, magníficas carrozas abordando todos los temas imaginables, desde la reproducción de edificaciones singulares, ayuntamiento, torres, palacios, fuentes, escudos heráldicos, plazas de toros, embarcaciones, trenes, aviones, calesas con caballos, delicados objetos como jarrones chinos, infinitas alegorías, monstruos, dragones, dioses mitológicos, etc. Fueron numerosas las representaciones de obras de pintores afamados, escudos, delicadas figuras de arte, orfebrería, etc., las recubiertas no con flores enteras sino con pétalos, que nada más aparecer en la pista, arrancaban el aplauso unánime de los miles de espectadores que contemplaban la Batalla.

En cuanto a los premios en metálico, rara vez o muy escasamente compensan el trabajo, el riesgo y responsabilidad que conlleva la elaboración de una carroza.

Por mencionar tan solo algunos motivos, nuestros mayores recuerdan, a modo meramente anecdótico y en modo alguno limitativo, por ejemplo en los años veinte, la representación de la Fuente de la Cordera, con sus grifos y con las 4 cabezas de los corderos que le dan nombre, perfectamente tallados en madera. Al pasar frente a la tribuna presidencial, una linda laredana desde la carroza ofreció agua a las autoridades. Del grifo salió agua fresca que recogida en una jarra entregó en una bandeja con "calderetas" o pequeñas jarras metálicas. Todos bebieron el agua fresca y cristalina que manaba de aquella fuente, la cual obtuvo el primer premio el año 1.924

O bien, al final de los cuarenta, una carroza de tamaño medio con una casita minúscula, de cuya chimenea salía humo. De repente, desde su interior se escuchó, potente, la popular canción de entonces, "Mi casita de papel". Rápidamente los laredanos identificaron la trompeta profesional, de Manuel Cendoya, que integraba la Banda Municipal de Música y se preguntaban por la incómoda posición corporal del buen Cendoya en su interior y por el calor que tuvo que soportar. Fue muy aplaudida.

Y, en fin, aquella bella carroza, de una espléndida calesa tirada por dos briosos corceles blancos, portando a una dama con su séquito, titulada "Paseo Real". Los nobles caballos, resultaron anatómicamente perfectos. Primer premio del año 1.957.

Hasta que en tiempos más recientes hicieron su aparición nuevos y muy ligeros materiales, durante decenios las carrozas se construían con pesados armazones de madera forrado de tablas o listones, elaborándose las figuras especiales en escayola.

Por último la víspera de la fiesta y esencialmente por la noche, un buen número de familiares, amigos y conocidos de cada carrocista se reunían -y así se sigue haciendo- en torno a la carroza, cubierta de toldos para protegerla de las inclemencias del tiempo y provistos de clavos y martillo, comenzaban a clavar, una a una, las flores, dalias, margaritas clavelones, etc., bajo la indicación de los responsables. Para facilitar esa delicada tarea, se solían pintar con colores las partes a cubrir, de tal modo que una zona que tuviera que llevar, por ejemplo flores rojas, se pintaba previamente de ese color.

Desde hace dos o tres años, aunque algunos carrocistas siguen sujetando las flores con clavos a la madera, hoy la mayoría lo hacen fijándolas al "porexpán", con más facilidad, a base de palillo a modo de clavos.

Los bordes y aristas de la carroza, se siguen cubriendo con las hojas grandes, verdes y brillantes de los árbolesmagnolios, fijándose con grapas, resultando el remate ideal para estas partes.

Ante un motivo delicado, como escudo nobiliario, figura, retrato, panorámica, etc., el artista comienza su elaboración no colocando flores enteras, sino pegando, con gran arte y paciencia, pétalo a pétalo en los colores apropiados, hasta completar la obra, en un proceso semejante al de un pintor con su paleta de colores.

Esos nuevos elementos artificiales, a base de poliuretano expandido, como es el citado "porexpán", livianos y maleables, desde la década de los 80, se encuentran disponibles en prácticamente todos los grosores y dimensiones, permiten ser troceados, serrados, recortados y pegados, con gran facilidad, y al tiempo que han eliminado enormes peso, permiten ser trabajados dándoles todas las formas imaginables, desde un rostro hasta un capitel. Las carrozas, con ello, han ganado en empaque, tamaño y suntuosidad, así como en composiciones más atrevidas.

Esa actividad febril continúa a lo largo de la madrugada y se prolonga hasta la propia mañana de la Batalla, apurando las últimas horas para que las flores no se marchiten y ofrezcan una apariencia de frescor y naturalidad, dejando a su paso un aroma perfumado e inconfundible.

A esa fase nocturna de la terminación y remate de las carrozas, a la que acuden a visitar muchos, laredanos, residentes, veraneantes y turistas, se la denomina en Laredo, de modo muy apropiado, como "Noche mágica".

El reglamento establece unas dimensiones máximas y mínimas Las de tamaño mediano-grande, situadas entre los primeros premios, si están abundantemente recubiertas, pueden llevar sobre 70.00 flores.

Sus precios, oscilan: un clavel, 0,07 (11,65 de las antíguas pesetas), y una dalia, 0,08 euros (13,31 ptas.), por unidad.

No se olvide que en un clima tan inestable como es el del Norte, bastan unos días de lluvia a destiempo en Julio o Agosto, para arruinar o dañar grandemente los sembrados de flores existentes. De ahí el valor adicional de la Batalla en una región que no es, climatológicamente hablando, como, pongamos por caso, Valencia, conocida justamente como "la tierra de las flores".

Resulta obligado traer a la memoria, por elemental sentido de gratitud, el sincero, emocionado y entrañable recuerdo de tantos y tantos carrocistas, muchos de ellos ya desaparecidos, y cuya relación nominal alargaría en exceso este trabajo, auténticos artistas que desde sus inicios, hicieron de la "Gran Batalla de Flores", con su iniciativa, talento, esfuerzo y dedicación, un bello, elegante y atractivo espectáculo, que cada año trata de superarse a sí mismo, y que es orgullo, legítimo por otra parte, de los laredanos y asimismo de quienes contemplan con regusto y placer el desarrollo majestuoso, pleno de señorío, de una fiesta imperecedera, donde el arte se viste de flor.

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16 agosto, 2008

El viejo y el nuevo puerto de Laredo

Desde su inicio, continúan a ritmo acelerado las obras de construcción del nuevo Puerto Pesquero-Recreativo-Deportivo de Laredo. Si los plazos de ejecución se cumplen, este proyecto será una realidad de aquí a un año o más. Algo impensable tiempo atrás, pero los avances tecnológicos hacen posible que una obra, siempre de gran complejidad y envergadura como es un puerto marítimo, pueda construirse en un período tan breve de tiempo. Hemos crecido conviviendo con el actual puerto y su entorno. Todo nos era familiar: sus muelles, rampas, escalas, bodegas, tendederos de redes, cofradía de pescadores, la celebración de las fiestas patronales y marítimas con sus cucañas y patos al agua, las abundantes costeras de pesca con aquella febril actividad, breve pero intensa, de transporte de lo capturado, inmediatamente después de su subasta en la lonja, por medio de carros o "mesetas" arrastradas por caballos, hasta las fábricas de conservas enclavadas en la Villa. El puerto, "el muelle", no tenía secretos para nosotros, porque estábamos integrados en él, casi como los sillares que conforman sus viejos muros.

A partir de ahora, a medida que avanzan los trabajos, comenzará a desaparecer la visión del puerto, que ya solo quedará grabada en nuestro cerebro, que no en nuestras retinas, las cuales van viendo la transformación que se lleva a cabo día a día. Habrá cambiado tanto la configuración actual, que supondrá, puede que durante mucho tiempo, un choque emocional entre el recuerdo y la realidad, porque, de repente, el "hoy" del actual puerto pesquero de Laredo pasará a convertirse en el definitivo "ayer". Y cuando, por deseo o nostalgia, queramos revivir aquellos escenarios, ya no tendremos más remedio que recurrir a la imagen grabada, es decir, a la fotografía sobre papel o expuesta en la pantalla del ordenador o a la panorámica recogida en vídeo.

Antes de que desaparezcan la silueta y los contornos del puerto que conocieron generaciones de laredanos, no es ocioso recordar que Laredo, desde su misma existencia, siempre tuvo problemas con sus puertos. La situación y orientación de su extensa playa, unida a las mareas, corrientes y vientos dominantes, han hecho que tras cada larga y costosa construcción de un muelle, cai, muro o puerto, la invasión constante de arenas terminasen por inutilizar su calado y tiempo después, hacer inviables las obras. Al quedar inservible por esas causas la llamada antigua dársena, que según los expertos data del siglo XVI, los laredanos, emprendieron, casi a la desesperada, la construcción del puerto de la Soledad, al Norte de la Atalaya, aprovechándose sillares de la inservible dársena, por razón de economía, según el historiador local Maximino Basoa, para lo cual tuvieron que taladrar la Atalaya mediante un túnel, de 130 metros de longitud. Tanto el túnel como el puerto, costeados por el pueblo de Laredo, fueron terminados el año 1.863. Poco duró este otro muelle. Bastó un serie de continuados temporales en un solo invierno, culminando con otro de mayor intensidad, para destruir prácticamente la flora pesquera y causar tan graves daños en el propio puerto, que ya nunca volvió a ser utilizado.

Por último, en 1.873 se aprobó el nuevo puerto, que es el actual, formado por el muro Sur con su dársena y por otro muro de mayor longitud y dimensiones, como es el muro Norte, que se inicia en el Canto, arrimado a los pies de la Atalaya, y avanza en dirección Oeste. Este nuevo puerto fue terminado el año 1.884.

Faltaba aún por ampliar este muro Norte con un espigón de 150 metros de longitud, en dirección Norte-Oeste, que se inició en 1.929 durante la Dictadura de Don Miguel Primo de Rivera y que fue ultimado durante la II República, bajo proyecto y dirección del Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, Don Antonio Garelly de la Cámara, a cuyo competente Ingeniero, que también llevó la dirección de otros puertos desde Cantabria a Galicia, la Villa de Laredo le dedicó una de sus calles.

Al día de hoy, por parte del vecindario, se ignora la solución final que se dará por parte de las empresas que forman la UTE adjudicataria del proyecto, en lo que respecta al viejo puerto. Parece que ha habido modificaciones sobre el proyecto original.

En la última semana se ha visto, con creciente desasosiego, cómo se están desmontando los sillares labrados y redondeado su canto superior, existentes en la parte o nivel más alto orientada al mar, de la zona del viejo muro que se inicia en el Canto, comprendida entre el final de la ligera pendiente y el espigón Norte, así como el derribo del paseo del nivel superior de toda esa parte de muro.

La pregunta, aún sin respuesta, que hacen -que hacemos- los laredanos, es: ¿No se puede respetar en todo lo que fuera posible, el trazado del viejo puerto? Parece que el muro Sur se prolongará, en su día, cerrando la actual bocana, hasta encontrarse con la rotonda o ensanche del muro Norte, formando una unidad que avanzará hasta el extremo del espigón donde hoy se emplaza la edificación que acoge las instalaciones de Cruz Roja Española. Y que se desmontará la parte del viejo muro Norte comprendida entre el ensanche citado y su inicio en el Canto.
"Se habla, se comenta, se asegura de buena tinta..." pero, ¿realmente será ello así?

Sabemos que las empresas no tienen corazón. Ello es bien cierto, porque son inanimadas, pero quienes sí lo tienen son las personas que forman o dirigen sus consejos de administración.
No creemos que sea mucho pedir a los responsables, con sus corazones, de "Marina de Laredo, S.A." que tengan la sensibilidad y hasta la humildad de acercarse a este pueblo noble y leal, como por tradición asevera su Escudo de Armas, y promuevan un acto público en esta Villa, por ejemplo en el salón de actos de la Casa de Cultura, para que, con claridad y rigor, expliquen:

a) El proyecto actualizado del nuevo Puerto Recreativo, Deportivo y Pesquero de Laredo, con exhibición de los planos o proyecciones de imágenes y cuantos datos aclaratorios estimen.

b) Las partes o zonas que van a ser respetadas del antiguo puerto y si se ha de conservar su configuración original, de bloques labrados externos, etc., o se intercalarán partes con otro nuevo tipo de materiales.

c) Si se va a permitir el libre acceso del vecindario a las zonas que vayan a ser respetadas del viejo puerto, así como a la dársena que se destine al puerto pesquero. Los laredanos, desde sus inicios, han circulado por su puerto, como lo hacen por sus propias calles. Porque tienen necesidad de ello y porque han nacido y convivido íntimamente con la mar,

Pero es que Laredo, además de marinero por tradición, es turístico por vocación. Y uno de los placeres de quienes nos visitan es el paseo sosegado por los muelles de su puerto, en especial al atardecer, contemplando panorámicas placenteras, y bellas puestas de sol, siempre con sabor a mar. ¿Se nos va a hurtar a todos, laredanos y visitantes, de ese atractivo, de ese aliciente, de esa necesidad tan básica y tan necesaria para nuestro espíritu, para nuestro gozo interno?

Tampoco hay que olvidar que desde el inicio de las obras y hasta su término, el tramo de carretera desde el enlace con la autovía, en El Callejo hasta el casco urbano, con las calles que llevan hasta el Puerto, vienen siendo transitadas por los pesados camiones que transportan toneladas de rocas hasta El Canto, a un ritmo de un camión cada dos, tres o más minutos. Esos tramos de calles están siendo materialmente "machacados" por tan pesado tránsito.

Necesariamente se resiente su parte más externa y visible, como es su asfaltado, pero también su subsuelo, atravesado en muchos puntos por las conducciones de saneamiento, de agua y luz, etc.

¿No debería evaluarse, por el organismo que corresponda, la valoración de esos daños al finalizarse los trabajos, y solicitar a la empresa ejecutante, en buen entendimiento, su equivalente compensación?

Que se nos aclaren, cuanto antes eso sí, estas dudas, para que el pueblo conozca la verdad, la realidad, las luces -y las sombras si las hubiere- del nuevo puerto. No podemos pensar que la empresa ejecutora haga oídos sordos a tanta demanda de información que el vecindario, con todo derecho, reclama.

Ojalá que el nuevo Puerto Pesquero-Recreativo-Deportivo traiga a Laredo las expectativas de progreso, crecimiento, riqueza y bienestar que se vaticinan. ¡Ojalá! Que los cálculos de éxito se cumplan. Ello será bueno, en primer lugar, para la empresa concesionaria, y también, ¡cómo no! para esta Villa y sus gentes. En todo caso, como antes apuntábamos, apresurémonos a captar, en negativos fotográficos o en soportes informáticos y digitales las últimas escenas que nos será dado conservar, de nuestro viejo y querido Puerto de Laredo.

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30 mayo, 2008

La Tertulia (II)

Nos encontramos en el comedor del Náutico de Laredo. Alrededor de una mesa, un grupo de amigos, todos Socios del Club, festejan el cumpleaños de Iñaki y a los postres, uno de ellos dice:

- ¿Te acuerdas, Antonio, que este mismo día del año pasado, estábamos aquí todos, y nos mostraste un curioso plano de un ingeniero, creo que francés, de mil setecientos, en el que aparecían dibujada una batería, que estuvo situada en lo que hoy es el Náutico?

- También nos dijiste que en otra ocasión nos contarías sobre temas históricos o anecdóticos diversos.

- ¡Tienes buena memoria, Luis! Si os parece, en esta ocasión podemos hablar del primer puerto que tuvo Laredo, conocido como Antígua Dársena, ya que su antigüedad se remonta al Siglo XVI, es decir, a la centuría de 1.500. ¿Qué os parece?

- ¡Que somos todo oídos!

- Laredo, desde su misma existencia, siempre tuvo problemas con sus puertos. La orientación de su extensa playa, unida a las mareas, corrientes y vientos dominantes, han hecho que tras cada larga y costosa construcción de un puerto, muro o cai, la invasión constante de arenas terminase por colmatar e inutilizar su calado y hacer inviables su utilización, tiempo después. La llamada ?Antigua Dársena? fue de las más duraderas y consistía en dos espigones: el más corto partía de la fortificación de La Taleta, emplazada ésta, a modo de una península rocosa, cerca del actual edificio que albergó el comercio ?Gran Bazar?, situado en la margen izquierda de la Calle López Seña, esquina a la Calle Doctor Velasco. Este tramo corto continuaba arrimado ya al lado izquierdo de la propia Calle Dr. Velasco, invadiendo ligeramente el solar sobre el que se ubica hoy la Casa de Cultura ?Dr. Velasco?, para terminar en la esquina Norte-Este de esta finca. El otro espigón, el más largo, acababa en La Atalaya, próximo al actual Bar ?El Rincón del Puerto?, y se extendía, en dirección Sur, hasta finalizar frente al lugar donde acababa el tramo corto, formando el espacio entre ambos, su bocana o ?bocal? de entrada y salida. ¿Sabéis dónde quedaba esta bocana? Ni lo imagináis. ¡Dentro de la zona ajardinada de la Casa de Cultura, en la parte posterior de la misma, junto a su acceso desde la Calle Eguilior.

- ¡Un momento, Antonio! ¿Quieres decir que en esa Dársena, que hoy es el centro de Laredo, desembarcó Carlos V?

- ¡Exacto, Alberto! Cuando el Emperador llegó a esta Villa, en la tarde del 28 de Septiembre de 1.556, lo hizo en ese punto, a escasos metros del viejo Ayuntamiento.

- Queda algún vestigio de ese puerto?

- Precisamente en Julio del pasado año, el Ayuntamiento de Laredo acogió con sensibilidad la propuesta que le formuló la Asociación Cultural ?Amigos del Patrimonio de Laredo?, aprovechando las obras de remodelación del jardín trasero de la Casa de Cultura, para hacer unos hoyos o ?catas? para ver de encontrar la bocana de la ?Antígua Dársena?, en el punto que señalaba los planos que se conservan, entre ellos uno de 1.908 del gran Arquitecto D. Joaquín de Rucoba. A las pocas horas aparecieron, a unos dos metros de profundidad, los bloques o sillares de piedra de uno de los dos tramos, el más largo, que formaban el bocal de la Dársena. Tras ser fotografiado, volvió a cubrirse todo, por causa de las obras dichas. Ahora se está a la espera de lo que determine el Ayuntamiento de Laredo en orden a mostrar al público, como sería de desear, siquiera uno ó dos de los sillares encontrados, que podían ser elevados y posados a nivel del suelo del actual jardin, junto con una cartela con un texto y el plano del Sr. Rucoba, como recordatorio permanente del emplazamiento de la Antígua Dársena.


- Bien, Antonio, muy bien, pero, ¿a que no se te ha ocurrido traer ese dibujo, para que lo conociéramos?

- ¡Eres hombre de poca fe, Emilio!. No solo he traído el plano, que es una auténtica primicia, sino que he hecho 8 copias del mismo, para entregaros una a cada uno de vosotros.

Aplauso general. Instantes después, el grupo de viejos amigos, se agolpa sobre la mesa, y sacan cada uno, a hurtadillas, sus gafas de leer, mientras Antonio les explica la situación y características de la ?Antígua Dársena? ...

Arturo, quien ha permanecido callado hasta entonces, eleva su recia voz y dirigiéndose a Antonio, dice:

- Un brindis por Antonio, y que vaya pensando ya en lo que nos ha de contar el próximo año, ¡que la vida es corta, amigos!

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16 mayo, 2007

La Tertulia

Saboreando la sobremesa que sigue a la comida de unos amigos, todos socios del Club, y contemplando la visión que se ofrece desde cualquiera de los inmensos ventanales de que está dotado su comedor, uno de los comensales señala el Fuerte de San Martín que, imponente, se alza al inicio del Monte Buciero, en la vecina localidad de Santoña. Luego se levanta y dice que va a buscar un mapa que ha dejado en el coche y que quiere mostrarles.

Al poco regresa y, tras despejar la mesa, desenrolla un alargado plano, coloreado que aclara acaba de obtener en el Servicio Geográfico del Ejército.

Explica que se trata de un plano elaborado por el Ingeniero francés Louis Viller Langots, el año 1.726, que contiene las fortificaciones de Laredo y Santoña.

Tiene ese plano la peculiaridad de la forma en que están representadas las baterías de los fuertes de ambas localidades, en especial, las de Laredo. En efecto, para eliminar partes de terreno que no interesa plasmar, el autor tan solo dibuja en el ángulo inferior izquierdo del plano una batería, cuya leyenda, indica, se trata de la de San Martín, en El Puntal. Y en el ángulo inferior opuesto, se representan las baterías de San Carlos, San Miguel y Santo Tomás, en La Rochela o Rastrillar, en la Atalaya. De esta forma ingeniosa, el autor se evita representar la zona en forma de sable del Arenal del Salvé, de la playa de Laredo, que no tiene, para el objeto militar del plano, mayor interés.

Con idéntico criterio, sólo dibuja el Ingeniero, en la parte superior central, las baterías de San Martín y San Carlos, enclavadas en Santoña.

Las distancias entre las distintas baterías de los dos fuertes de Laredo, y la existente entre éstos y las de Santoña, no son reales, por tal razón.


Plano del ingeniero francés Louis Viller Langots, que comprende las baterías de San Martín, San Carlos, San Miguel y Santo Tomás, de Laredo. Año 1.726. La batería de San Martin, en el ángulo inferior izquierdo del plano, se situaba en las actuales instalaciones del edificio social del Real Club Náutico. Las restantes baterías, en el lado derecho, se ubicaban en el Fuerte del Rastrillar, en La Atalaya. Haz clic en la imagen para ampliar.

Junto con el plano, su poseedor ha traído también el libro "Un Presidio Ynconquistable", de Rafael Palacios Ramos, Doctor en Historia, Director de la Casa de Cultura de Santoña, y una reconocida autoridad en materia de astilleros y de fortificaciones militares.

Se centra la conversación, lógicamente, sobre la batería de San Martín, de Laredo, por hallarse sus restos muy, pero muy próximos al lugar donde todos se encuentran. Localizada en el libro la referencia de esta batería, lee:

"Antonio de Sangenís supervisó personalmente en noviembre de 1.797 la habilitación de la parte precisa del cuerpo de guardia de la batería del Salvé...

Los franceses (ya en la Guerra de la Independencia) aprovecharon los restos anteriores y levantaron una amplia batería de campaña cuyo conjunto abarcaba 38.740 m2. Delimitada por un muro de piedra seca, tenía forma de media luna con doble tenaza en los frentes norte y sur, parapetos de arena, estacada volante y cuerpo de guardia en su interior. El foso, con una escarpa de 3 m., tenía casi 8 de anchura y poseía además camino cubierto...

En 1.901 aún se conservaban algunas hiladas de sus muros, además de restos de las caponeras y del reducto situado en la gola, y se valoraba el solar en 1.937 ptas. En 1.905 las dunas proseguían en su avance tapando los restos, siendo apreciable alguno de los cimientos completamente tapados por la arena y pequeños restos de las caponeras y reducto de gola..."


Finaliza la lectura de las citas a la existencia de la batería de San Martín, en la Punta del Salvé, y todos vuelven a observar con gran atención el preciso dibujo del Ingeniero Langots.

Mientras enrolla su plano y recoge el libro, comenta:

-Y pensar que al día de hoy aún se observan, desde aquí mismo, desde el propio Club, vestigios de esa batería... ¡Propongo que la próxima vez que nos reunamos aquí, en el Náutico, tratemos un tema histórico-cultural! ¿Qué os parece?

Socarronamente uno de los amigos se levanta con su copa, y puestos todos de pie, pide un brindis en estos términos:

-¡Como es la mejor sugerencia que acabas de hacer... en muchos años, la aceptamos por unanimidad!

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21 noviembre, 2006

Un Enigma Resuelto: D. José de Barreda

Hace unos pocos meses se localizó una publicación del año 1.874, que contiene un amplio artículo referido a la Iglesia de Santa María, de Laredo.

Sabíamos de la existencia de ese trabajo, pero ignorábamos más datos. El hecho de que el autor fuese el eminente DON EDUARDO SAAVEDRA MORAGAS (1.829-1.912), ingeniero, arquitecto y arqueólogo, miembro que fue de la Real Academia de la Historia, de la Real Academia Española, de la de Ciencias, fundador y presidente de la Real Sociedad Geográfica y descubridor en 1.860 de las ruinas de Numancia, en la provincia de Soria, avalaba sobradamente la importancia de su estudio sobre nuestro templo parroquial, con motivo de una visita que realizó a esta Villa seis años antes de su publicación, es decir, el año 1.868.


Don Eduardo Saavedra Moragas (1.829-1.912)

El escrito va dirigido a D. JOSE DE BARREDA, y el autor, refiriéndose a éste, habla como "del mejor amigo que en ella (la villa de Laredo) ha encontrado".

Más adelante, dice: "es la capilla que, dedicada a su Santo Patrono (7) -se refiere a la capilla de San José, y ese número 7 es el que le asigna el Sr. Saavedra en el plano de la Iglesia, el primero de que se tiene noticia, realizado por él con magnífica precisión y que acompaña su trabajo- posee V., Sr. D. José, como heredero de la familia de Escalante y de la Obra, cuyos magníficos escudos de armas ostenta en su fachada la antígua y curiosa casa que V. habita en ese pueblo".

Como quiera que la interpretación, descripción y análisis que hace Don Eduardo Saavedra es, quizás, la más interesante de entre las formuladas por los diversos especialistas, alguno de los cuales las han copiado casi en su literalidad, ocultando la autoría del Sr. Saavedra, -quien es considerado como una máxima autoridad en la historia del arte-, si bien otros autores las han destacado aunque citando de refilón su apellido, incluyendo, eso sí, su plano del templo, ha resultado de gran interés el hallazgo del trabajo íntegro del Sr. Saavedra.

Desde entonces, se ha tratado de averiguar quién fue D. José de Barreda, así como la casa que habitaba, dotada de "magníficos escudos de armas".

Examinado con este fin la obra "Escudos de Cantabria", de Doña Carmen González Echegaray, se localizó la siguiente referencia:

"... Al comenzar el pasado siglo fue señor de esta casa Doña Modesta Vélez Cachupín, en la que recayeron los mayorazgos de Vélez de Ajo, el de Escalante, La Obra y Villota del Hoyo. Esta señora casó en primeras nupcias con Don Blas Francisco de Barreda, de la casa de su apellido en Santillana, Caballero de Malta y Capitán de Navío. Su hijo don Blas Antonio de Barreda Cachupín, fue coronel del Provincial de Laredo...".

La antevíspera de la celebración de la "Batalla de Flores" del presente año, se encontró en el libro "Laredo en mi espejo", de Don Maximino Basoa Ojeda, lo que sigue:

"En el año 1.833 era coronel del Provincial de Laredo (se refiere al Regimiento Provincial de Milicias de Laredo), Don Blas Antonio de Barreda y Vélez Cachupín, padre de Don José-María de Barreda du Serre, quien habita la casa de la torre...".

"... Entre la carretera de Muriedas a Bilbao y la acera del Norte, se levantaba una torre del siglo XV, alrededor de la cual construyó, a manera de faldón, la familia de Vélez-Cachupín en el siglo XVII, la casa que todos hemos conocido hasta 1.908. Constaba de dos pisos: la planta baja y el principal. En la planta baja había al Este, mirando al Ayuntamiento, del que distaba unos 35 metros, un soportal con tres arcos de piedra sillar, y otro que daba al mediodía -carretera-, sostenidos por pilares, todo él, de amplias proporciones... El piso principal tenía cuatro huecos que daban a tres balcones de gruesa balaustrada de hierro: uno de ellos, al balcón del medio; y a los lados, dos soberbios escudos labrados, con las armas de la familia, siendo las fachadas que miraban a la plazuela y a la carretera, de piedra sillería negra y brillante".


Así, pues, 132 años después, queda aclarado que la persona de Laredo a quien dirigió D. Eduardo Saavedra su trabajo redactado en 1.868 y publicado en 1.874, fué Don José-María de Barreda du Serre, quien habitaba la casa-torre de Vélez-Cachupín, demolida el año 1.908, de la que se conservan diversas fotografías, en las que, efectivamente, aparecen en su fachada principal, a ambos lados, dos grandes escudos de armas de aquella familia.


Casa-torre de la familia Vélez-Cachupín, demolida el año 1.908

Difícil resultaba desentrañar el enigma, primero porque no había mayores referencias del Sr. Barreda, y en cuanto al inmueble que habitaba, actualmente solo se conserva una casa, la de la familia de la Hoz, en la margen derecha de la calle Santa María, esquina a San Martín, la cual exhibe tres escudos: dos de idénticas dimensiones, muy pequeños, y otro mayor.

¿Quién iba a pensar que se trataba de la casa-torre que estuvo emplazada, casi exactamente sobre el actual jardín oval dotado de una fuente-surtidor, en plena Plaza de Cachupín, cuya imponente casona aún impresiona al contemplar las imágenes que de ella se conservan, incluídos sus monumentales escudos?

Cierto que la casa-torre de Vélez-Cachupín "taponaba" la entrada a la Villa, al quedar separada por unos escasos metros del inmueble conocido por "La Parra", hasta el punto de que en aquellos tiempos, al anochecer, se tendía una cadena entre ambas edificaciones, a modo de cierre nocturno y vigilado, para control y seguridad de Laredo y sus vecinos.

Su inapropiado emplazamiento, tras el natural desarrollo y ensanche de la Villa, que estrangulaba y separaba el casco urbano de las agradables alamedas que se habían creado a ambos lados de la antígua carretera a Muriedas, hizo que esa interesante y grandiosa edificación fuese finalmente derribada, como queda dicho, el año 1.908.

En cuanto a la finca de "La Parra", fue derruída en Octubre de 1.977, dando paso a una zona ajardinada, dotada de escaleras, con un puesto comercial desde cuya cubierta, convertida en mirador, se saborea una bonita perspectiva de los jardines y alamedas que enmarcan la entrada a Laredo.

Plantado en ese mirador, entrecierro los ojos, y por unos instantes superpongo en mi mente a la visión real, la señera casa-torre de Vélez-Cachupín. Pasado y presente se funden en unos segundos, para desvanecerse finalmente. Y para mis adentros, susurro: ¡Me gusta mi pueblo!

P.S. Merced a los datos hallados hace escasas fechas rastreando las hemerotecas, sabemos que Don José María Nicolás Sabas Juan de Barreda du Serre nació en Laredo el 5 de Diciembre de 1.826. Cursó la carrera de Derecho en Valladolid, con aprovechamiento excepcional. Defendió los intereses de su pueblo desde la Diputación Provincial y se distinguió de modo excepcional por acelerar el comienzo del túnel y de las obras del puerto de la Soledad, así como para agilizar la construcción del Puente de Treto y de la Carretera de la Costa. Falleció en Valladolid por causa de una afección cardíaca, el 22 de Diciembre de 1.883, cuando contaba 57 años de edad.

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09 septiembre, 2006

El "Viejo" Puerto de Laredo

Han comenzado ya, a ritmo frenético, las obras de construcción del nuevo Puerto Recreativo, Deportivo y Pesquero de Laredo. Si los plazos de ejecución se cumplen, este proyecto será una realidad en un periodo de aquí a dos años. Algo impensable tiempo atrás, pero los avances técnicos hacen posible que una obra, siempre compleja como es un puerto marítimo, pueda construirse en tan breve plazo.

Hemos crecido conviviendo con el actual puerto y su entorno. Todo nos era familiar: sus muelles, rampas, escalas, bodegas, tendederos de redes, Cofradía, la celebración de las fiestas patronales y marítimas con sus tradicionales cucañas y patos al agua, las hasta hace años abundantes costeras de pesca con aquella actividad, breve pero intensa, de transporte de lo capturado, inmediatamente después de su subasta en lonja, por medio de carros o "mesetas" arrastradas por caballos, hasta las fábricas de conservas de la Villa. El puerto, "el muelle", no tenía secretos para nosotros, porque estábamos integrados en él, casi como los sillares que conformaban sus viejos muros.

A partir de ahora, a medida que avancen los trabajos, comenzará a desaparecer la visión de ese puerto, que ya solo quedará grabada en nuestro cerebro, que no en nuestras retinas, las cuales irán viendo la transformación que se lleva a cabo día a día. Habrá cambiado tanto la configuración actual, que supondrá, al menos temporalmente, un choque entre el recuerdo y la realidad, porque, de repente, el "hoy" del actual puerto pesquero de Laredo pasará a convertirse en el definitivo "ayer". Y cuando, por deseo o nostalgia, queramos revivir aquellos escenarios, ya no tendremos más remedio que recurrir a la imagen grabada, es decir, a la fotografía sobre papel o expuesta en la pantalla del ordenador.

Antes de que desaparezcan del todo los vestigios del puerto que conocieron generaciones de laredanos y visitantes, no estaría de más ofrecer unas pinceladas, necesariamente breves, sobre nuestros viejos muelles.

Laredo, desde su misma existencia, siempre tuvo problemas con sus puertos. La situación y orientación de su extensa playa, unida a las mareas, corrientes y vientos dominantes, han hecho que tras cada larga y costosa construcción de un puerto, muro o cai, la invasión constante de arenas terminasen por inutilizar su calado y hacer inviables las obras, tiempo después.

La llamada "antigua dársena" fue de las más duraderas y consistía en dos espigones: el más corto partiría de la fortificación de La Taleta, emplazada ésta, aproximadamente, cerca del actual edificio que albergó el comercio "Gran Bazar", situado en la margen izquierda de la Calle López Seña, esquina a la Calle Doctor Velasco. Este tramo corto continuaba arrimado ya al lado izquierdo del tramo siguiente de la propia Calle Dr. Velasco, invadiendo ligeramente el solar sobre el que se ubica hoy la Casa de Cultura "Dr. Velasco".para terminar en la esquina Norte-Este de esta finca.

El otro espigón, el más largo, de la misma antigua dársena, nacía en La Atalaya, próximo al actual Bar "El Rincón del Puerto", y continuaba, en dirección Sur, hasta finalizar frente al lugar donde acababa el tramo corto, formando el espacio entre ambos, su bocana o "bocal" de entrada y salida. Esta bocana quedaba dentro de la zona ajardinada de la Casa de Cultura, en la parte posterior de la misma, junto a su acceso desde la Calle Eguilior.


Detalle del croquis del Maestro de Obras Pedro Salviejo, de 1.907, con los restos de la bocana de la "antígua dársena", coincidentes bajo el actual jardín trasero de la Casa de Cultura, en la Calle Eguilior. Haz clic en la imagen para ampliar.

Al quedar, también, inservible aquella dársena, los laredanos, emprendieron, casi a la desesperada, la construcción del puerto de la Soledad, al Norte de la Atalaya, para lo cual tuvieron que taladrar ésta mediante un túnel, de 130 metros de longitud. Tanto el túnel como el puerto, costeados por el pueblo de Laredo, fueron terminados el año 1.863 empleándose en este puerto, por razón de economía, buena parte de los bloques y sillares de la antigua dársena. Poco duró este otro muelle. Una serie de temporales, casi enlazados, seguidos de una noche de furioso oleaje que destruyó numerosos barcos, causó tan graves daños en el propio puerto, que éste ya nunca volvió a ser utilizado.

Por último, en 1.873 se aprobó el nuevo puerto, que es el actual, formado por el muro Sur y por otro muro de mayor longitud y dimensiones, el muro Norte, que se inicia en el Canto, arrimado a los pies de la Atalaya, y avanzaba en dirección Oeste. Este nuevo puerto fue terminado el año 1.884.


Detalle del puerto en una vista de Laredo del pintor Paul Ratier. Obsérvese la antigua dársena adyacente al muro sur del actual puerto de 1.884.

Faltaba aún por ampliar este muro Norte con un espigón de 150 metros de longitud, en dirección Norte-Oeste, que se inició en 1.929 durante la Dictadura de Don Miguel Primo de Rivera y que fue ultimado en los primeros años de la II República, bajo la dirección técnica del Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, Don Antonio Garelly de la Cámara, competente Ingeniero que también llevó la dirección de otros puertos desde Cantabria a Galicia, y a quien la Villa de Laredo le dedicó una de sus calles.

Ojalá que el nuevo Puerto Recreativo, Deportivo y Pesquero traiga a Laredo todas las expectativas de progreso, crecimiento, bienestar, creación de empleo y riqueza, que se vaticinan. Que los cálculos de éxito se cumplan. Ello será bueno para esta Villa y sus gentes.

En todo caso, reitero, apresurémonos a captar, antes de que sea demasiado tarde, en negativos fotográficos, en soportes informáticos o en vídeos, las últimas escenas que nos será dado conservar, todavía en vivo y en tiempo real, de nuestro viejo, querido y a partir de ahora recordado y siempre entrañable Puerto de Laredo.

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25 junio, 2006

Una Casa con Historia

I

El año 2.000, una familia de Laredo, en Cantabria, dio comienzo a las obras de rehabilitación de un inmueble situado en la calle Ruamayor, dentro del Conjunto Histórico Artístico de la Villa de Laredo, conocido como "Puebla Vieja", de dicha Villa.

Casi al final de los trabajos, se procedió a la limpieza de un alargado y estrecho patio propio, situado a la trasera de la finca, quedando al descubierto el suelo, formado por losas de piedra muy bien dispuestas y conservadas.

El arquitecto autor y director del proyecto, D. Miguel Angel Montes, adelantó que esas losas cubrían un antiguo alcantarillado. Por razón de las obras, hubo que elevar el nivel del patio, para lo cual se rellenó con cascote limpio y se cubrió con una capa niveladora de cemento. De esta forma, quedaron las losas "in situ" intactas y protegidas. Finalmente, fueron revocadas las piedras sueltas y consolidados los muros que delimitan el patio.

De todo el proceso de rehabilitación de la finca y su patio, se obtuvo un amplio "dossier" fotográfico por parte de los propietarios.

En Mayo de 2.002 se terminaron las obras de restauración de la finca, cuya acertada rehabilitación fue elogiada por el vecindario y por las autoridades locales. Dotada de un gran mirador acristalado, esa finca es nombrada por sus propietarios como "Ruamayor, 20".


Ruamayor 20

II

Llevaban los dueños ya un año habitando el inmueble cuando, en Agosto de 2.003 encontraron en el libro "Historia de Laredo", una reproducción de un dibujo del año 1.701 procedente del Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, en el que aparecían varias casas de la calle Ruamayor, entre ellas, la de su propiedad.

Puestos al habla con la dirección del Archivo de Valladolid, se enteraron de que ese dibujo y un plano de la misma finca, formaban parte de un pleito iniciado en Laredo el año 1.696 y culminado en la Corte Real de Valladolid el año 1.709. Se solicitó y obtuvo de aquel Archivo una copia del pleito, que tuvo que ser microfilmada y ampliada, compuesta de 605 folios, así como ampliaciones fotográficas del dibujo y del plano indicados. (Ver la reproducción del dibujo de 1.701, aneja, para seguir con más facilidad este texto).


Plano de 1.701

Hasta ahora se han transcrito casi 200 folios, y aunque ha de llevar aún largo tiempo su culminación, dada la dificultad de la lectura de tan abultado material, su ilegibilidad en distintas caligrafías, profusión de abreviaturas y rasgos, borrones, etc., sin embargo con lo ya transcrito se ha podido determinar que:

  • De las tres casas juntas de la calle Ruamayor que aparecen en el dibujo de 1.701, cada una con su letra, la de la izquierda, letra B, correspondió a Francisco de Santander Marroquín, cura de la Parroquia de Santa María, quien vivía con su hermano D. Juan Antonio; la siguiente, letra C, a María Santos de Vía; y la tercera y última, letra también C, a los herederos de Diego de la Hedilla.


  • El pleito fue entablado por Don Francisco de Santander contra Don Antonio de Sisniega Pedredo y Salazar, propietario éste de las casas que en el dibujo abarcan toda la margen derecha del primer tramo de la calle San Martín, letras A y G, así como una huerta, letra E, situada entre las casas del Sr. Sisniega y la del Sr. Santander.


  • El origen de ese pleito fue por causa de una ventana que el Sr. Sisniega abrió, sin permiso, en un tramo de muro de su huerta, colindante con un albañal o alcantarillado, que discurría a la trasera de las dos primeras casas colindantes (la de Santander y la de Santos), por cuya ventana, letra K, vertía Sisniega las "aguas menores y de cocina" al albañal, letra L, originando insufribles molestias.


  • D. Antonio de Sisniega fue una persona de gran poder e influencia: "Regidor Perpetuo de la Villa", -fue Regidor, es decir, Concejal, Perpetuo por ser descendiente de familias fundadoras de Laredo-, "Contador de las Rentas Reales de las Quatro Villas de la Costa de la Mar" (Santander, Laredo, Castro-Urdiales y San Vicente de la Barquera), así como "Superintendente de las Reales Fábricas de Artillería de Liérganes".


  • Su amistad con el Teniente del Corregidor de las Cuatro Villas fue determinante para imponer éste una sentencia tremendamente dura, y lo que es peor, absolutamente injusta, al demandante Don Francisco de Santander, en el pleito iniciado en 1.696, condenándole, en 1.701, a seguir permitiendo que por la ventana abierta por el Sr. Sisniega al albañal para uso de la casa del cura y de la otra casa colindante, pudiesen Don Antonio de Sisniega, su familia y servidumbre, seguir vertiendo las aguas negras, con los daños, molestias, olores e insalubridad que ello originaba, y, lo que es más grave, imponiendo al clérigo, además, la obligación de "guardar perpétuo silencio".


  • El mismo demandante Don Francisco de Santander Marroquín recurrió, desde el inicio, a la Real Chancillería de Valladolid, y el pleito se prolongó varios años más.


  • En Febrero de 1.706 falleció Don Antonio de Sisniega, a los 56 años de edad, siendo enterrado "con honra mayor" en la iglesia del Convento de San Francisco, de Laredo. Dejó esposa y tres hijos menores de edad.


  • En 1.709, su ex-viuda, Doña Josefa de Careaga Helguero, vuelta a casar el año 1.708 en segundas nupcias, aunque pidió la conclusión del pleito, el Tribunal de la Real Chancillería dictaminó finalmente "no poderse verter por la ventana", que fue la causa de la querella. La Justicia, al fin, dio la razón a Don Francisco de Santander. Fin del litigio.
Tanto el dibujo como el plano de 1.701 incorporados al pleito, contienen numerosos datos, como medidas, distancias y superficies, expresados en pies castellanos, así como nombres de calles o de edificios colindantes, de modo tal que los Jueces de la Corte Real, entonces en Valladolid, desde la distancia, pudieron tener una visión muy completa de las fincas objeto del pleito.

Gracias a ambos documentos y a las medidas acotadas en pies que figuran en el plano, se ha comprobado con total certeza, que a la casa de Ruamayor que fue de Francisco de Santander, le fue posteriormente añadida la contigua, situada a su derecha, entrando, y de menor tamaño, que fue de María Santos de Vía.

Resulta evidente que se demolió la fachada principal de esta última, que constaba de dos puertas (una de ellas de medio punto), dejando una sola, centrada, en dintel, se anularon dos ventanas pequeñas del desván, para igualarla en altura a la de Santander, y se creó en la planta primera, otro patio, éste a la altura del piso primero.

III

Una vez conocida la historia del inmueble (como se dice, a partir de Agosto de 2.003, cuando la casa ya estaba habitada), se procedió a examinar todas y cada una de las fotografías obtenidas en las distintas fases de la obra en general, resultando que:

  • Efectivamente las losas encontradas en lo que hoy es el patio trasero, corresponden al antiguo albañal ó alcantarillado.


  • En cuanto a la ventana abierta al albañal, que dio origen al largo y sin duda costoso pleito, en una de las fotografías del patio, en la parte que separa del edificio actualmente existente sobre la finca que fue del Sr. Sisniega, se observa claramente la existencia de dicha ventana, cuadrangular, obturada por una piedra que encaja en sus cuatro lados, situada aquella ventana, exactamente, en el lugar y a la altura del suelo que señala el dibujo de 1.701, ello en cumplimiento de la sentencia definitiva de la Corte Real de la Chancillería de Valladolid, equivalente al Tribunal Supremo. Esa ventana está perfectamente localizada para una eventual e hipotética visualización y confirmación del hecho.
IV

Los propietarios de "Ruamayor, 20", alentados por tales antecedentes, continuaron investigando los orígenes de la finca, con anterioridad al pleito, y después de estudiar cuanta documentación han podido consultar, resulta que:

  • La casa (que en el dibujo y plano de 1.701 era entonces de Don Francisco de Santander), anteriormente perteneció a Don Lope García de Salazar La Obra, y a su fallecimiento pasó por herencia a su hija Doña Catalina de Salazar, la cual la vendió, el año 1.534, a Don Pedro González de Escalante.


  • La familia La Obra (recordemos que fue una de las cuatro familias fundadoras de Laredo), cuyo lema nobiliario era: "La Obra lo dirá" (algo así como "por mis obras me conoceréis"), tuvo otras casas de su Mayorazgo, a ambos lados de la calle Ruamayor, algunas de las cuales, junto con las de otras familias, se quemaron en el incendio de 1.581.


  • Durante las obras de rehabilitación se observaron evidentes señales de incendio, dado el ennegrecimiento que presentaban las piedras de los muros en la planta baja, lo que hace suponer que después de dicho incendio, aprovechando esos muros de carga se reconstruyeron dos viviendas que posteriormente fueron unidas y que constituyen la actual finca de Ruamayor num. 20, de Laredo.
Como se ve, esa casa ya existía con anterioridad al año 1.534 (ya que ese es el año en que fue vendida), es decir, que esa transmisión de dominio tuvo lugar 22 años antes de que el Ex-Emperador Carlos V desembarcase en Laredo, en 1.556, con destino de Yuste.

V

Finalmente, añadir que los titulares de la finca "Ruamayor, 20", son la familia laredana De Francisco, la cual continúa investigando sobre más antecedentes. Uno de sus miembros, respecto a las obras de rehabilitación, confiesa:

"Creemos que se ha cumplido el lema de la familia La Obra, cuando proclamaba, en futuro, 'La Obra lo dirá', por lo que después de la rehabilitación de la que fue su casa, el espíritu de ese lema, en presente, podía ser: 'La obra lo ha dicho y hecho', mostrando así su conformidad con los trabajos ejecutados." Y añade: "Y si a la familia La Obra pensamos que le hubieran agradado, ¡a la familia De Francisco, también!"

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17 junio, 2006

¿Quién se Comió la Ballena?

Bueno, pues resulta que hace unos días me llamó David del Río para decirme que en Radio Laredo se emite un programa, "Entre cazuelas", que presenta Angel Luis Gómez, Director de la Escuela de Hostelería del Instituto de Formación Profesional, y que Angel Luis había decidido dedicar un programa a la ballena que llegó Santoña, con la que se recrudeció la rivalidad chusca entre Santoña y Laredo. El programa lo hace en las instalaciones de Radio Laredo, en la última planta de la Casa de Cultura de Laredo, pero entendió que éste podía ser cara al público, en el cine, para lo que pensó que podian intervenir dos personas de Santoña y dos de Laredo. A David le pareció bien, y Angel Luis eligió a Antonio Cefalú, corresponsal decano del Diario Montañés, y Adolfo Muela, ambos de Santoña, y a Oscar Gutiérrez y a mí, por Laredo. Se hicieron carteles, se anunció desde Radio Laredo, y el mismo día, martes 13 de Junio, festividad de San Antonio, a las 7 de la tarde tuvo lugar el acto, al que acudió mucha gente.

Se había basado el programa sobre la llegada, bien documentada, de una ballena a Santoña el 2 de Noviembre de 1.942. Comenzó el acto muy desenfadado. En mi turno dije que el tema podía distinguirse en dos puntos. Uno de ellos, obligado, el histórico, sobre la preponderancia de los pescadores cántabros en la caza de la ballena, que se extendió desde el siglo X hasta el XVIII, y que esa sería la Historia seria. El otro punto era el de la llegada de la ballena y las consecuencias que a nivel de relación entre los dos pueblos tuvo, y que esa sería la historia menor, o la historieta, que ha servido para unir más aún a Santoña y Laredo entre sus gentes.

Hablé del anterior escudo heráldico de Laredo, formado po cuatro cuarteles: castillo - árbol - navío - BALLENA, así como del sello de Laredo que se conserva en Paris, con una BALLENA como motivo único y central, y dije que, cuando, si el moderador así lo entendía, deseaba hablar, en otro momento, sobre "la otra ballena".

Cuando me dieron paso, hablé del testimonio de mi padre, Rufo Francisco del Castillo, que tuvo siempre buena memoria, sobre la llegada de una ballena a Laredo en la primavera del año 1.921. Conté cómo, a petición de Laredo, vino un industrial gallego con 3 empleados, que descuartizaron el cetáceo, para llegar a lo principal, "el sain", la parte grasa de la cual se obtiene, mediante cocción, el aceite de ballena, muy costoso, por tener múltiples usos, incluído el cosmético. Aclaré que, como no eran tiempos de hambre los inicios de los que se llamaron "felices años 20", a petición del Alcalde se dejó una pequeña cantidad de ballena, para consumo, y el resto se lo llevaron los gallegos, que pagaron sus dineros. Estos datos inéditos sorprendieron, por desconocidos, a panelistas y asistentes.

Y ya vino la parte final, la cómica, hablando de los chistes, los comentarios risibles sobre quién se comio la ballena que llegó a Santoña. Está claro que fué entre Santoña, Laredo, Valmaseda y Burgos. Y en un tuno festivo y con coloquio establecido con el público asistente, se terminó el acto.

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