30 mayo, 2008

La Tertulia (II)

Nos encontramos en el comedor del Náutico de Laredo. Alrededor de una mesa, un grupo de amigos, todos Socios del Club, festejan el cumpleaños de Iñaki y a los postres, uno de ellos dice:

- ¿Te acuerdas, Antonio, que este mismo día del año pasado, estábamos aquí todos, y nos mostraste un curioso plano de un ingeniero, creo que francés, de mil setecientos, en el que aparecían dibujada una batería, que estuvo situada en lo que hoy es el Náutico?

- También nos dijiste que en otra ocasión nos contarías sobre temas históricos o anecdóticos diversos.

- ¡Tienes buena memoria, Luis! Si os parece, en esta ocasión podemos hablar del primer puerto que tuvo Laredo, conocido como Antígua Dársena, ya que su antigüedad se remonta al Siglo XVI, es decir, a la centuría de 1.500. ¿Qué os parece?

- ¡Que somos todo oídos!

- Laredo, desde su misma existencia, siempre tuvo problemas con sus puertos. La orientación de su extensa playa, unida a las mareas, corrientes y vientos dominantes, han hecho que tras cada larga y costosa construcción de un puerto, muro o cai, la invasión constante de arenas terminase por colmatar e inutilizar su calado y hacer inviables su utilización, tiempo después. La llamada ?Antigua Dársena? fue de las más duraderas y consistía en dos espigones: el más corto partía de la fortificación de La Taleta, emplazada ésta, a modo de una península rocosa, cerca del actual edificio que albergó el comercio ?Gran Bazar?, situado en la margen izquierda de la Calle López Seña, esquina a la Calle Doctor Velasco. Este tramo corto continuaba arrimado ya al lado izquierdo de la propia Calle Dr. Velasco, invadiendo ligeramente el solar sobre el que se ubica hoy la Casa de Cultura ?Dr. Velasco?, para terminar en la esquina Norte-Este de esta finca. El otro espigón, el más largo, acababa en La Atalaya, próximo al actual Bar ?El Rincón del Puerto?, y se extendía, en dirección Sur, hasta finalizar frente al lugar donde acababa el tramo corto, formando el espacio entre ambos, su bocana o ?bocal? de entrada y salida. ¿Sabéis dónde quedaba esta bocana? Ni lo imagináis. ¡Dentro de la zona ajardinada de la Casa de Cultura, en la parte posterior de la misma, junto a su acceso desde la Calle Eguilior.

- ¡Un momento, Antonio! ¿Quieres decir que en esa Dársena, que hoy es el centro de Laredo, desembarcó Carlos V?

- ¡Exacto, Alberto! Cuando el Emperador llegó a esta Villa, en la tarde del 28 de Septiembre de 1.556, lo hizo en ese punto, a escasos metros del viejo Ayuntamiento.

- Queda algún vestigio de ese puerto?

- Precisamente en Julio del pasado año, el Ayuntamiento de Laredo acogió con sensibilidad la propuesta que le formuló la Asociación Cultural ?Amigos del Patrimonio de Laredo?, aprovechando las obras de remodelación del jardín trasero de la Casa de Cultura, para hacer unos hoyos o ?catas? para ver de encontrar la bocana de la ?Antígua Dársena?, en el punto que señalaba los planos que se conservan, entre ellos uno de 1.908 del gran Arquitecto D. Joaquín de Rucoba. A las pocas horas aparecieron, a unos dos metros de profundidad, los bloques o sillares de piedra de uno de los dos tramos, el más largo, que formaban el bocal de la Dársena. Tras ser fotografiado, volvió a cubrirse todo, por causa de las obras dichas. Ahora se está a la espera de lo que determine el Ayuntamiento de Laredo en orden a mostrar al público, como sería de desear, siquiera uno ó dos de los sillares encontrados, que podían ser elevados y posados a nivel del suelo del actual jardin, junto con una cartela con un texto y el plano del Sr. Rucoba, como recordatorio permanente del emplazamiento de la Antígua Dársena.


- Bien, Antonio, muy bien, pero, ¿a que no se te ha ocurrido traer ese dibujo, para que lo conociéramos?

- ¡Eres hombre de poca fe, Emilio!. No solo he traído el plano, que es una auténtica primicia, sino que he hecho 8 copias del mismo, para entregaros una a cada uno de vosotros.

Aplauso general. Instantes después, el grupo de viejos amigos, se agolpa sobre la mesa, y sacan cada uno, a hurtadillas, sus gafas de leer, mientras Antonio les explica la situación y características de la ?Antígua Dársena? ...

Arturo, quien ha permanecido callado hasta entonces, eleva su recia voz y dirigiéndose a Antonio, dice:

- Un brindis por Antonio, y que vaya pensando ya en lo que nos ha de contar el próximo año, ¡que la vida es corta, amigos!

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20 abril, 2008

El Patinete

Recuerdo nítidamente mi primer viaje a Bilbao. Fue el año 1.947 y yo tenía entonces 8 años de edad.

Mi padre viajaba con cierta frecuencia a esta Villa, porque el ramo de Curtidos era más abundante y surtido que el que existía en Santander, y así recuerdo que aunque los viajantes o representantes de aquellos establecimientos visitaban la zapatería de mi padre ofreciéndole sus fabricados (suelas de todos los tamaños y grosores, badanas, tacones de goma, clavos, pegamentos y disoluciones, cortes de zapatos y de botas para los calzados a medida de determinados clientes), así y todo había ocasiones en que, por urgencia, mi padre no tenía más remedio que emprender viaje para reabastecerse.

Ese día hicimos el viaje en coche, aprovechando la invitación que le había hecho a mi padre un amigo suyo que trabajaba en ?El Correo Español ? El Pueblo Vasco? y que cada mañana salía de Bilbao con los periódicos que acababan de aparecer, para distribuirlos en diversas localidades de Cantabria, como Castro-Urdiales, Laredo y Santander.

Cuando llegamos a Bilbao, la grandiosidad de la ciudad me sobrecogió. Lucía mucho el sol. Los enormes edificios, las inmensas calles, los coches, los tranvías, los trolebuses, los ruidos y la gente, tanta población yendo de un lado para otro a toda prisa, podían con la capacidad de asombro de un niño de pueblo. Me quedaba absorto viendo la gran ciudad.


Bilbao años 40 - Banco de Vizcaya y Gran Vía

Lo primero que hicimos fue descender por Gran Vía y cruzar el Puente del Arenal y, al hacerlo, mi padre me contó que al haber sido destruido ese puente en nuestra Guerra Civil, hasta que se volvió a rehacer, la gente tenía que cruzar la Ría sobre un improvisado paso formado por barcazas unidas entre sí, y que varias veces él tuvo que hacerlo. También me explicaba los principales lugares y monumentos por donde pasábamos. Me llamaron la atención los grandes barcos de hierro, muy viejos y oxidados, cargados de material, que se encontraban en el Muelle del Arenal.

Poco después recorrimos las Siete Calles, para visitar los distintos Curtidos, cuyos nombres aún recuerdo: ?Flores y Linacisoro?, ?Onena?, ?Ferrández?, etc. Repartido el pedido de cuanto necesitaba, quedaron en que por la tarde pasaría mi padre a recogerlos.

Al deambular por la parte antigua y ver las magníficas tiendas de juguetes, pedí a mi padre si podía comprarme un patinete.

Tengo fijado en mi mente el lugar, a pesar de los años. Contiguo a las Siete Calles, se alzaba una placita, en el centro de la cual se elevaba una buena juguetería, compuesta de planta baja y alta, a la que se accedía por una escalera exterior.

Preguntó mi padre por un patinete. El encargado le mostró sonriente el modelo más moderno y bonito de los existentes. Voy a intentar describirlo:

Se trataba de un prototipo de patinete, confeccionado en madera y metal niquelado. En la base, metálica, disponía de ¡un pedal! con su correspondiente cadena, que transmitía su energía a la rueda trasera.

El mango del patín, asimismo metálico, disponía de un freno.

Se trataba, evidentemente, de un prototipo de lujo.

Incluso para un niño, aquellas innovaciones me abrumaban.

Preguntado el precio, éste resultó tan excesivo que me di cuenta perfecta de la situación: ¡No era para nosotros! ¡No era para mí! Yo, sencillamente, lo que quería era un simple patinete, como el que tenía, por ejemplo, mi amigo Julianín, que yo manejaba con gran destreza.

Mi padre y yo no insistimos en ver otros modelos, y cuando nos alejábamos de la juguetería, apreté con fuerza la mano de mi padre, quien reaccionó cariñosamente apretando asimismo mi mano con aquellos fuertes dedos.

No volvimos a hablar del superpatín.

Poco después mi padre me llevó a un sencillo restaurante, donde comimos.

Recorriendo la ciudad, me mostró un bello edificio existente en Deusto, visible desde determinadas calles perpendiculares a la Gran Vía, cuya parte superior delantera exhibía la figura de un tigre. Me explicó mi padre que correspondía a una gran firma de calzado, y mis ojos permanecieron largo tiempo fijos en aquel enorme tigre.


Edificio del Tigre en Deusto

El resto de la tarde, mi padre me fue mostrando todo lo que se podía ver. Viendo que quedaba tiempo suficiente para visitar a una prima de mi madre, Lola Mata y su marido Víctor Arnaiz, montamos en un tranvía atestado de gente, para lo que tuvimos que correr y tomarlo a la carrera, y nos desplazamos hasta casa de nuestros familiares, con quienes departimos el tiempo que pudimos.

De regreso al centro, con la debida antelación, acompañé a mi padre a recoger los paquetes en los diferentes establecimientos de Curtidos, en las Siete Calles, y cargados con ellos fuimos a la Estación de Ferrocarril de Santander, en las proximidades del Puente del Arenal, donde adquirimos los billetes correspondientes.

Ascendimos las escaleras que llevaban a los amplios andenes y a una espectacular cubierta acristalada. Me asombró, y me costó muchísimo comprender que las vías de los trenes se encontrasen, no a nivel de suelo, en la planta baja, en Gran Vía, sino en la planta superior. Debió de costarle a mi padre hacerme comprender que Bilbao se compone de diversos niveles, y que el punto donde partía el ferrocarril de Santander estaba enclavado en un nivel más alto, que se salvaba mediante aquellas escaleras que la mentalidad de un niño de ocho años no acertaba a entender suficientemente.

En la cantina de ese andén, acompañé a mi padre a tomar una cerveza, pidiendo para mí un pequeño bocadillo y un mosto. Poco después, introdujo mi padre los paquetes en el vagón que encontramos más vacío, y allí nos acomodamos.

Poco a poco los vagones se fueron llenando de viajeros, y a la hora programada ¡más o menos! el tren se puso pesadamente en marcha entre pitidos, sueltas de vapor y movimientos alternativos de ruedas y levas.

En un viaje que se me hizo especialmente corto, a pesar de su larga duración, pasada siempre la hora prevista, el tren llegó a la estación de Adal-Treto.

Ayudé en lo que pude a mi padre, con los paquetes menores, hasta trasladar todo lo demás al autobús de línea ?Laredo-Treto y viceversa?, de la empresa Fuentecilla.

Anochecía en Laredo cuando el autobús llegó hasta su parada habitual, aproximadamente donde hoy están situados los surtidores de gasolina, a la entrada de Laredo.

Caminando junto a mi padre, cargado éste con toda suerte de bultos, llegamos, al fin, a nuestro comercio.

Mi madre, mi hermana Conchita y nuestra tía Lolita nos esperaban.

Minutos después, en la cena, yo trataba de contar, precipitadamente, una parte de mis impresiones de aquel mi primer viaje.

Han transcurrido 61 años y tan solo me basta recordar el hecho, para que acudan a mi mente, de modo instantáneo, aquél remanso de escenas de ese mi primer viaje a Bilbao.

En cuanto al patín, puedo asegurar que desde entonces perdió interés para mí. Otros juegos y diversiones ocuparon los siguientes años de mi niñez. Últimamente, al ver el gran resurgir de este juguete en todo el mundo, es cuando pienso que si uno de los fabricantes actuales lanzase hoy al mercado aquel modelo de lujo, a pedal y con freno, sin duda que habría obtenido un rotundo éxito de ventas. ¡Seguro!

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21 agosto, 2007

El Hostal de Laredo

Muchos recordamos haber jugado de niños en un amplio solar existente entre el "Palacete de las cuatro témporas", sede hoy de los Juzgados de Laredo, y el chalet de la familia Arguiñarena, que hacía esquina a la Avenida José Antonio y a la Calle Marqués de Comillas.

En ese solar, que no estaba nivelado, formado por zonas de hierba, bardales y arena, en invierno se formaban considerables charcas de agua de lluvia, y proliferaban los juncos en sus inmediaciones. Pero llegado el buen tiempo, era un sitio ideal para los juegos de los chicos, y también de las personas mayores, que acudían, principalmente por las tardes, a pasar el rato, charlar, cuidar de los niños pequeños que correteaban por la campa, al socaire de los vientos dominantes, tanto del Nordeste como del Noroeste.

El año 1.952, sobre una parte de aquella campa, se construyó el "Hostal de Laredo", propiedad del industrial D. Juan Lerma León, quien poseía desde años antes el chalet "Villa Angélica" en la Avenida de la Victoria, en el que veraneaba con su familia.

Al ultimarse la construcción, quedaba entonces delimitada claramente la calle existente, la cual, hasta ese tiempo, se confundía con el solar dicho, transformándose aquella en la que hasta hace poco ha sido Tercera, hoy Segunda Travesía José Antonio (tras la nueva denominación dada hace un par de años a la que fue Primera Travesía hoy convertida en Calle Villa de Foz).

El Hostal resultó ser una edificación moderna y proporcionada, que encajaba perfectamente en el entorno en el que se enclavaba. Se trataba de un inmueble longitudinal paralelo a la Avenida José Antonio, constaba de dos plantas, baja y primera, y sobresalía en su extremo Este una torreta con una planta más. Contaba con los adelantos más avanzados, gozaba de la calificación de Categoría 1ª A y disponía para los alojamientos, 42 habitaciones con baño y 5 en la torreta para los conductores, servicios de bar y restaurante, con cocina regional y extranjera, campos de tenis en la parte trasera, parque de garaje, y una soberbia canoa para las excursiones marítimas.

Ubicado más hacia el Norte del terreno, quedaba entre su acceso principal por la Avenida, al Sur, y el propia Hostal, una amplia zona ajardinada y de terraza, con un paso central que conducía a la entrada del inmueble, en el que todas las puertas y ventanales de su planta baja estaban formados por amplios arcos.

En el extremo Este, existía una pista circular de baile, la cual quedaba enmarcada por una airosa pérgola soportada asimismo por enormes arcos, que arrimada al cierre externo de la finca, la recorría por sus lados Sur y Este, formando un enorme ángulo. El Hostal contrataba normalmente en Madrid, durante el verano, una aceptable orquestina que incluía violinistas, que por las tardes amenizaba con sus melódicas canciones alojada en una estructura metálica a modo de cabina abierta, siendo muchos los clientes del establecimiento hotelero que al atardecer, sentados en las sillas y veladores que se instalaban a su frente, donde los camareros les servías sus consumiciones, acudían a la pista, a bailar las modernas canciones que incluía en su variado repertorio la orquestina de turno.

La responsable general fue Doña Gloria de Amézaga, cuñada de Lerma, y el primer Director, hasta el año 1.964, fue Angel, un joven y dinámico, políglota, siempre sonriente y en acción. Un laredano, Carlos Díaz Revuelta, le sucedió desde aquella fecha con igual o superior éxito. Los cargos de bodeguero, camareros, mecánicos, marineros, limpiadoras y ayudantes, recayeron también en personas de Laredo. Gracias a una muy cuidada promoción externa, el Hostal de Laredo se distinguió siempre por una clientela selecta, en la que sobresalían los súbditos ingleses, seguidos de los franceses y belgas, así como de españoles.

Cuando a partir de la primavera se instalaban en el exterior del recinto los veladores y sillas, los laredanos también acudían, pero lo hacían principalmente en verano, cuando actuaban los músicos. La consumición, que costaba 5 duros, daba derecho a utilizar la pista de baile.

Por quedar situadas la orquestina y la pista, como se dice, junto al cierre lateral oriental del Hostal, la calle aledaña, aunque sin pavimentar, sino solo nivelado y aplanado su trazado, rematado con gravilla, se convirtió en una extensión natural y hasta obligada, de la propia pista de baile del establecimiento.

Quien esto escribe "bautizó" entre la pandilla de amigos, a ese lugar concreto, como la "sala oriental" y así, en especial sábados y domingos, cuando el repertorio de los músicos se prolongaba, proponían a sus amigas o conocidas, ir a bailar a la aquella "sala". Las chicas, sobre todo las que no eran laredanas, lógicamente desconocían el paraje y pensaban que iban a ser llevadas a una auténtica pista de baile, hasta que se encontraban con lo que había: una calle pública, muy poco transitada, eso sí, pero pegadita, eso también, a una buena orquestina que interpretaba con excelente calidad las canciones bailables de moda de la temporada.

Al principio fueron los jóvenes, pero tiempo después las personas mayores y matrimonios, así como las parejas de novios, acudían a la "sala oriental" y bailaban buenos rigodones bajo las estrellas.

En la bella fotografía del gran fotógrafo Samot que ilustra estas líneas, aparece, entre los árboles de la Alameda, en segundo plano, el templete, llamado "el quiosco", que mandó edificar el Ayuntamiento, casi coincidente con la apertura del Hostal, que se vislumbra al fondo. A ese quiosco, construído en cemento, dotado de una cubierta semiesférica soportada por ocho postes cilíndricos, aunque su estampa resultaba aceptable y hasta airosa, no se le sacó nunca el partido que cabía esperar, al menos para el fin para el que fue concebido, quizás por las muy limitadas actuaciones de la banda municipal de música durante las fiestas de verano, en las que en la llamada Alameda del Corro, ubicada al Sur de la anterior -separadas ambas por la carretera nacional- se colgaban de los árboles hileras de bombillas en un tramo que iba desde su inicio, junto a la antígua caseta de los Fielatos hasta las inmediaciones del Campo de Fútbol, y se instalaban las atracciones de feria, como caballitos, barcas, cadenas, casetas de tiro, el circo, etc.




El Hostal de Laredo desde la Alameda


En determinadas fechas y sobre todo en la verbena de la Batalla de Flores, la banda se trasladaba desde su lugar habitual, como era la balconada del Ayuntamiento, hasta el templete de la Alameda, y allí se concentraban los vecinos, a bailar con ritmos menos trepidantes y con repertorios no tan en boga como los de la orquestina del Hostal. Quizás por ello, como decimos, el templete fue infrautilizado, hasta que, caído en desuso y en abandono material, terminó por ser demolido.

Muchos recordamos cuando en una ocasión el equipo de fútbol del Barcelona, se alojaron en el Hostal la antevíspera y víspera de un partido de Liga a celebrar en Bilbao con el Atletic. Se entrenaron en el Campo de San Lorenzo, y muchísima gente acudió a ver a sus ídolos predilectos, entre los que destacaba el inolvidable Ladislao Kubala.

El Hostal de Laredo permaneció en funcionamiento hasta el año 1.971. Su derribo causó primero estupor y luego tristeza. Desaparecía una instalación hotelera de cuidada categoría, bella estampa y ambiente selecto, que elevó la de por sí muy reducida capacidad de alojamiento turístico en Laredo.

Durante su prolongada permanencia de 19 años, el Hostal de Laredo marcó distancias, dejó un sabor de cuidado nivel, de selecto confort, y gozó de la consideración de una de las mejores instalaciones hosteleras de la Provincia.

En su lugar se construyó, al final de la década de los setenta, por fases, el edificio "Las Alamedas", que ocupó íntegramente el solar sobre el que se asentaba el Hostal de Laredo, lo que da idea de la amplitud de sus instalaciones.

Un laredano, D. Segundo del Río García, quien trabajaba para la empresa Izade, de los ya desaparecidos D. Francisco Izaguirre Gutierrez y D. Andrés de la Dehesa Blanco, se encargó del encofrado de las estructuras de zapatas, vigas y pilares del Hostal. Y, tiempo después, fué la promotora ?Rufino Santisteban?, de la que formaba parte el propio del Río García, la que adquirió a D. Juan Lerma la finca para edificar ?Las Alamedas?. Es decir, la misma persona que ayudó a levantar aquel bello edificio, fué la encargada de su derribo y de la nueva construcción.

Como curiosidad, la estructura metálica de forma exagonal, revestida su trasera y techo con una apropiado colgadura de tejido, que albergaba la orquestina, bajo la pérgola, aún se conserva. ¿Dónde? En el jardín del chalet de la familia del desaparecido Doctor Don Gustavo Peña Laredo, de entrañable recuerdo, en la Calle Marqués de Comillas, esquina a la Calle Padre Ignacio de Ellacuría.

Cuando en verano se pasea por las inmediaciones, en la Avenida de José Antonio, quien lo conoció, con un poco de imaginación aún puede recordar la fachada principal del Hostal, la pista de baile con su pérgola, y justo al lado, separado por su cierre lateral, la calle sin pavimentar transformada en "pista oriental", en la que tantos laredanos y laredanas bailaron al son de las melódicas canciones que con harta maestría interpretaba la orquestina del inolvidable Hostal de Laredo.

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06 junio, 2007

Las Roscas

-"¿Dónde vamos esta tarde?", pregunta uno de los chicos.

-"¡Al Castillo, que llega el Domingo de Ramos!", responde autoritario el bigardo de la muchachada. Y añade: "Quedamos a las cuatro, en las Escalerillas. ¡Llevar navajas!".

Se desparraman los chicos hacia sus respectivos domicilios, para disponerse a comer. Van todos contentos, porque al ser jueves, por las tardes no hay escuela ni colegio, y al ser primavera anochece más tarde, en uno de los años de principios de los cincuenta.

Más o menos a la hora fijada, en el inicio de las Escalerillas, situadas al final de la Calle Espíritu Santo, van apareciendo los muchachos; unos, amigos; otros, compañeros de clase, y por tanto de edades parejas. Algunos llevan en la mano una navaja "automática" que muestran ufanos, accionando el mecanismo de una sencilla palanquita abatible, que al levantarla hace que la hoja, oculta en el mango, salgo disparada, produciendo un "clic" muy audible.

Uno, con su reluciente navaja menor, la abre y comenta que puede usarla sin miedo a que se la quiten "los guardias" porque la longitud de la hoja es inferior al ancho de los cuatro dedos -exceptuado el pulgar- de su mano, estirados y juntos. Su fuerte debe ser la anatomía humana, porque dá su particular explicación, como es la de que si jugando o sin querer "pincha" a otro en el pecho, no hay problema de que la hoja le llegue al corazón...

Escalerillas arriba, atravesando velozmente la Puerta de San Lorenzo, conocida como Puerta de Bilbao, llegan hasta la carretera general, ya en el Alto de Laredo, la cruzan y toman la antigua calzada que lleva a Las Cárcobas, desviándose en la primera bifurcación a la derecha, lo que les conduce por un camino de pedregal, hasta una ligera loma donde se yergue, aún airoso, aunque muy desmochada su parte superior, "El Castillo".

Después de jugar un buen rato, unos por su alrededor y otros en el espacio interno de la vieja fortificación, la cual se encuentra "rellena" o colmatada por entero de tierra y piedras sueltas, el grandullón del grupo marca el itinerario y se encaminan hacia el paraje contiguo conocido como Hoyo Villota.

Esparcidos unos y otros, van recorriendo los cerramientos naturales de las distintas fincas rústicas, formados por árboles, matorrales y arbustos. Entre éstos, lo que buscan son los avellanos, que examinan en todo su desarrollo para ver si encuentran alguno que tenga ramas en disposición de una horquilla, como un dedo o algo más de gruesa. No es fácil encontrar una en forma de Y tan fácilmente. Una está demasiado abierta, en otra, por contra, están muy juntos los extremos superiores, en la mayoría de los casos las que ven son endebles. Miran, apartan ramas, se meten entre los arbustos, arañándose las piernas, lanzando alaridos al rozar unas ortigas, que hacen que la víctima pida buscar un caracol, para humedecer con la especie de baba que desprende, la piel enrojecida, lo que parece calmar, por lo menos momentáneamente, el intenso picor. Uno afirma que si no se respira al tocar una ortiga, ésta no pica, y algunos hacen la prueba con cautela. Parece que funciona... menos en uno, que retira el dedo entre palabrotas y dirige una mirada furibunda al ocurrente.

Además de las horquillas, los chicos buscan un ramo de laurel, del tamaño adecuado, que encuentran con relativa facilidad.

Al cabo del tiempo vuelven a juntarse y muestran unos a otros lo que han conseguido. Hay algunos que han encontrado una horquilla perfecta. Otros... no tanto; bueno, en otra ocasión será.

Las horquillas, naturalmente, sirven para confeccionar los tiragomas ó tirachinas, para lo cual los chicos, una vez en el pueblo, van unos donde Pedro "el de las bicicletas", en su taller situado en un bajo de la casa de la familia Vélez-Cachupín, hoy de los Avendaño, enclavada al inicio de la margen izquierda de la Calle Reconquista de Sevilla, frente a los surtidores de combustible. Lo primero es preguntar a Pedro cuánto cobra por un par de gomas de unos 35 ó 40 cms. de largas por 1,5 ó 2 cms. de anchas, que no sean muy gruesas pero sí elásticas, que estiren mucho. Otros muchachos, acuden a la Librería "Bárcena", donde Francisco Bárcena, el buen "Paco" vende gomas elásticas "Ebro", ya cortadas de fábrica, y que estiran extraordinariamente, aunque son, lógicamente, más caras. Como la economía no es precisamente boyante, los chicos piden en sus casas, normalmente a sus madres, el par de reales que normalmente cuestan esas gomas, y vuelven donde Pedro, quien de una cubierta de goma desechada, la corta a tijeretazos en las dimensiones pedidas.

El siguiente paso es ir a acudir al comercio de Rufo para pedir, que no adquirir, un trozo de cuero usado. Después, con cuerda fina se ata un extremo de cada goma a uno de los brazos inclinados en V, lo mismo se hace con el otro, y los restantes extremos se unen al trozo de cuero, que es el que abrazará la china ó pequeña piedra o la canica o la tuerca, etc. que haga de munición. Al tomar la horquilla con una mano, se estiraban las gomas con la otra, cogiéndolas del cuero y lo que contenía, se apuntaba al gorrión, se soltaba el cuero y salía el proyectil disparado a través de la horquilla, siempre, en mi caso, varios grados a babor... o estribor, o por elevación, pero nunca, repito, nunca en el blanco fijado. (Y pensar que años después, cuando pasé por la Armada, fui cabo apuntador...)


Tiragomas

Queda por confeccionar el ramo, para lo cual se cortan las hojas de laurel por su mitad, en diagonal, y luego se colocan unos lazos de papel seda, de colores. Quedan para el final, las roscas. ¡Muy fácil! Se compran en alguna de las dos confiterías, "Cavia" y "La Constancia", ambas en la Plaza de la Villa, pero...

-Pero, ¿qué?.

Bueno, Es que... no es tan fácil. No siempre disponen los chicos del dinero para comprar una docena de rosquillas, y si afortunadamente lo hacen, la atracción de aquellas es tan grande, en tiempos de racionamiento, que acaban comiéndolas al primer impulso. Aunque siempre hay una solución. Ya se verá...


Ramo de Pascua con roscas

Llega el Domingo de Ramos, y a las doce, se celebra en Santa María la misa mayor. El interior del templo está repleto, además de los fieles adultos, de chicos y chicas, cada uno con su ramo de laurel adornado de lazos y de roscas. Muy pocos llevan palmas, que quedan prácticamente reservadas para la Corporación Municipal que acude en pleno a la ceremonia.

En un momento del acto litúrgico, llega la bendición de los ramos y palmas. Se produce un movimiento general, y niños, chicos y chicas, levantan con cierto estruendo sus ramos de laurel.

Pero, fijándose bien, atisbando de cerca algunos ramos, repletos, cargados de roscas, se nota que éstas tienen algo de extraño, algo especial. Quizás sus vivos colores, puede que sus grosores desiguales.

Basta mirar detenidamente uno de esos ramos para comprobar que las abundantes roscas que contiene... ejem... están formadas... por corchos circulares de los usados por los marineros para mantener a flote las redes en el agua durante las faenas de pesca, pintados con los colores básicos de las pinturas que en cualquier bodega del puerto se guardan para pintar las embarcaciones.

Una vez bendecidos los ramos, vuelven a su posición normal, y al cabo termina la eucaristía. Se abren las puertas de la Iglesia y salen los fieles al exterior.

En el momento en que los más pequeños que no van acompañados de sus mayores traspasan el umbral de la puerta llevando sus ramos, los muchachones alargan sus robustos brazos, arrancan las roscas "de verdad" y las devoran en un santiamén. Muchos lloriqueos de los pequeños o de las niñas, más indefensos, y la reprobación de los adultos, pero la cosa no pasa de ahí.

Continúan los fieles saliendo del templo, Calle Santa María abajo, mientras que la muchachada, limpiándose descaradamente la boca de los restos de las rosquillas ajenas, se deslizan ruidosamente por otras calles, con sus propios ramos, sin sentir la menor atracción por las coloridas "rosquillas" que cuelgan con profusión.

¿Será que tienen sabor extraño? ¿Que saben ligeramente a... a corcho?.

¡Y que a ninguno se le ocurra pedir el "libro de reclamaciones"!

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29 marzo, 2007

Los Chaplones

Todo laredano que se precie de serlo, con unos años encima, sabe de sobra lo que es un chaplón: la cápsula metálica o chapa que sirve de cierre a las botellas que contienen bebidas gaseosas o efervescentes y refrescantes.

Vamos, pues, a recuperar en nuestra memoria el recuerdo de los sencillos chaplones y los juegos que con ellos practicábamos en los años de nuestra niñez. Digo sencillos porque no costaban nada. Se encontraban esencialmente en los suelos de los bares o más raramente en la vía pública. Contenían en su parte interna una lámina redonda, de material de corcho sintético, adosada al fondo, que servía como zona almohadillada para impedir que se derramase el líquido y los gases de la botella que lo contenía.

Extraída esa lámina circular, se colocaba en su lugar, como norma general, la cabeza de un jugador de fútbol, de Primera División, que se recortaba de los cromos "repes" de las colecciones que se vendían en sobrecitos en las librerías como "Meléndez" en la Calle Revellón, o la del inolvidable amigo Francisco Bárcena en la "Calle del Paseo". Cada sobre contenía entre 4 y 6 cromos de jugadores, y salían muchos repetidos. De ahí que había que confeccionar una lista para ir marcando los que se iban pegando en el album correspondiente, y los demás, los sobrantes o "repes", se llevaban en el bolsillo, prestos a ser cambiados por los de otros amigos que hacían la misma colección.

Colocado el recorte del cromo en el chaplón, venía a continuación la parte más difícil, como era recortar un trocito de cristal y darle la forma redondeada, de modo que pudiese encajar en la chapa. ¿Pero se puede recortar un cristal y darle esa forma? Muy fácil. Bueno, ¡no tan fácil!

Localizado en la vía pública o en casa un pequeño trozo de cristal, procedente de un vidrio roto, se iba a alguna de las bajadas de las tuberías de cinc que recogen el agua de lluvia de los edificios desde el canalón del tejado, a lo largo de la fachada, hasta llegar al suelo. El tramo final de esa bajada de pluviales más próximo a la acera se sustituía por un par de tubos de fundición de hierro, como de un metro de largo cada uno de ellos, pues el cinc es un material blando y maleable y al roce con personas o cosas se abolla o perfora con suma facilidad.

El quid radicaba en el ensamble o unión de esos dos tubos de hierro. No todos encajaban el uno en el otro con mayor precisión, sino que quedaba una holgura de espacio de entre 3 y 5 milímetros. En esa especie de rendija o ranura se introducía el borde del trozo de cristal, y se le presionaba levemente, arriba y abajo, hasta lograr "morder" una mínima porción de su borde. Es decir, la holgura entre los dos tubos actuaba como un alicate fijo. Con gran paciencia, se continuaba en otro punto del cristal y así, poco a poco, se iba redondeando el mismo, hasta lograr, en ocasiones, un círculo casi perfecto, que encajase en el chaplón. Cuando no entraba en el chaplón, se frotaba con una piedra de afilar o en un bordillo de la calle, con un poco de saliva, hasta conseguirlo.

Había, sin embargo, un canalón donde el redondeo era muy facil: el situado en el inicio de las escalerillas pegantes al Bar Piquío, hoy Banco Bilbao/Vizcaya/Argentaria, en la Plaza de la Constitución. Entre ese local y el colindante a distinto nivel, en la actualidad "Foto Carmelo", existía un canalón cuyos dos tramos finales ejercían la función de delicados alicates a la perfección. Y para colmo, los chicos que operábamos en esa tubería sabíamos que si se movía, ¡se producían chispas! Sí, chisporroteaba. Había numerosos cables eléctricos tendidos horizontalmente a lo largo de la fachada, que se cruzaban con la bajante, y al paso de los años y quizás con el movimiento de los tubos por los muchachos, se había desgastado posiblemente el recubrimiento de los cables, que entraban en contacto con la tubería y producían un delicioso y visible chisporroteo. Pero, aunque parezca increíble, ¡jamás se produjo un calambre o descarga eléctrica en ese canalón! Al igual que la forma de los cristales que allí se "tallaban", afortunadamente habría que considerarlo como un milagro redondo.

(Confieso que yo jugaba con cierta ventaja. Acudía al taller de zapatería de mi padre, y en una enorme máquina, cuyo eje mayor medía 1,25 m. de largo, que entre otras cosas lijaba, con tres diferentes ruedas e intensidades de grano de lija que se utilizase, yo redondeaba un cristal en pocos minutos, con un resultado impecable. Cierto es que redondeé muchos cristales para los chaplones de mis amigos.)

Con el cromo recortado y colocado en el fondo del chaplón y con el cristal encima, ya no quedaba sino fijar éste, para lo que se recurría al jabón. De una pastilla se tomaba un trozo, se reblandecía con agua, y sobre el cristal se iba aplicando con el dedo por el interior de la chapa en sentido circular, al igual que se fijaba un cristal en el marco de una ventana mediante masilla. No se utilizaba ésta, porque además de que había que comprarla, olía muy mal, como a aceite de pescado.

Cuando el chaplón quedaba terminado, con una tiza se acudía al lugar donde se iba a jugar, bien en alguna plaza, pero, principalmente... ¡al borde de una carretera!, porque el asfalto proporcionaba una superficie lisa, lo que no ocurría en los demás sitios públicos, donde el suelo estaba formado por losetas, adoquines, etc., que formaban un suelo desigual.


Uno de los lugares preferidos era el tramo de la carretera hacia Santander que se iniciaba desde la entrada -o salida- de la Villa que atraviesa las dos Alamedas, concretamente junto al puesto desmontable de madera de la popular Churrería de Tomás González, "El Curro". También había instalado otro puesto o caseta, en la margen opuesta, igualmente destinado a churrería, perteneciente a otra muy conocida laredana, Isabel Arroyo, "La Churrera", cuya caseta quedaba cerca del puesto del Fielato municipal. Saliendo de Laredo, el puesto de "El Curro" quedaba en la margen derecha, y el de "La Churrera" en la izquierda. Hoy situaríamos ese último puesto, más o menos a la altura de la Estación de Autobuses, pero en la margen opuesta, es decir, a la derecha en dirección al Cuartel de la Guardia Civil.

Con la tiza en la mano, uno de los chicos marcaba el circuito, formado por dos líneas paralelas, a modo de las vías del tren, líneas que avanzaban rectas, luego se curvaban a un lado y a otro, giraban sobre sí mismas, volvían a avanzar, retrocedían, se cruzaban, etc. Recordaba algo al juego de la Oca, ya que se seccionaban tramos, y se señalaban puntos de penalización en las intersecciones.

Se lanzaba una moneda al aire, y quien acertaba a "cara" ó "cruz", era el primero en participar. Desde la meta, con un movimiento del dedo corazón de la mano, que se hacía deslizar con fuerza sobre la parte interna del dedo pulgar, se "disparaba" aquél dedo, impulsando el chaplón lo suficiente para avanzar y no salirse de la "vía" , ya que hacerlo llevaba a la eliminación. Jugaban varios chicos a la vez, uno tras otro, y lógicamente ganaba la partida quien antes llegaba al final del recorrido, a la ansiada meta.

Todo el juego se hacía de rodillas. No había problema con que se desgastasen o rompiesen los pantalones a la altura de las rodillas. Entonces los niños y los chicos llevaban pantalones cortos, por lo que si algo sufrían estoicamente eran las propias rodillas de carne y hueso.

Con tiempo apacible, cuántas veces, cuántas tardes, jugando en plena carretera general, donde el tráfico circulaba con escasa frecuencia: una camioneta, un carro tirado por un caballo, un autobús de línea o un coche. Entonces se retiraban a toda prisa los chaplones, para que no se estropeasen al paso de los vehículos, y en cuanto éstos se alejaban, se reanudaba el juego, como si nada hubiera pasado.

Dejo al aire las siguientes cuestiones: Los niños, los chicos, los muchachos de hoy, ¿sabrían elaborar un buen chaplón? ¿Conseguirían redondear un cristal? ¿Responderían sus rodillas al duro roce con el pavimento? ¿Dibujarían un dificultoso circuito, agachados, sin resentirse de sus tiernos y delicados riñones?

¡Queda por ver!

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20 febrero, 2007

Las Bodas

Debo reconocer que desde niño gocé de una particular atalaya desde la que atisbaba el tranquilo transcurrir de la vida en el Laredo de los años cuarenta y cincuenta.

Fuera de las horas de la escuela a la que asistía en el Colegio de la Divina Pastora, en la Calle San Francisco, al final del mediodía, pero principalmente en las tardes sosegadas, sentado en el alto escalón de piedra labrada que daba acceso al comercio de mi padre en la Plaza del Ayuntamiento, situado entre la Farmacia de Don Macrino Arribas y el local de Don Tomás Gutiérrez, ambos personajes entrañables, yo observaba con los ojos muy abiertos el devenir de los niños, las personas mayores, los vehículos, esencialmente camionetas, algunas de ellas dotadas de gasógeno en su parte trasera cuando en tiempos de dificultades las restricciones y el racionamiento abarcaban una gama muy alta de artículos de alimentación, ropa, calzado y enseres de lo más diversos.

La celebración de una boda no pasaba desapercibida. Normalmente tenía lugar los domingos, y la ceremonia religiosa coincidía con la Misa Mayor, a las doce del mediodía, en la Iglesia de Santa María.

Con antelación llegaban al pórtico los familiares y los invitados, y ya rozando la hora, hacían su aparición, por separado, los novios, primero él y luego ella. Rara vez se utilizaba un taxis para transportar al novio, a la novia o a ambos. Habitualmente ascendían, acompañados de sus familiares más allegados, por entre las calles de la Ciudadela antigua.

Concluida la Misa en Santa María, se colocaban todos: novios, familiares y amigos en la escalinata exterior de acceso al atrio, y en ocasiones un fotógrafo profesional contratado, se encargaba del reportaje de boda, que era absolutamente elemental, con no más de una docena de fotografías.

A continuación, los recien casados, tomados del brazo, eran los primeros en encabezar el desfile, calle Santa María abajo, y tras ellos, se colocaban los familiares de la pareja, y a continuación los amigos y restantes invitados.

Llegados al encuentro con la Calle Revellón, el cortejo, siempre encabezado por los novios, tomaba esta calle, aminoraba el paso, y el séquito les seguía, calzada abajo, para llegar a la Plaza del Ayuntamiento o la Plaza de la Villa, como se llamaba entonces.

Siempre, siempre, de entre el vecindario que se paraba para observar la escena, surgían frecuentes voces gritando "¡Vivan los novios!"¡ A lo que los invitados respondían al unísono "¡Vivan!"

Habitualmente el ágape que seguía a la celebración litúrgica, se desarrollaba en los diferentes establecimientos hosteleros existentes, en función al número total de personas invitadas.

En la misma plaza existian dos amplios lugares: el Café-Bar "Piquío", justamente en lo que hoy es el Banco Bilbao-Vizcaya-Argentaria, dotado de una alta marquesina acristalada, cuya terraza exterior llegaba hasta las escalerillas colindantes, y el Café-Bar "Sinfo", impresionante por su gran extensión, ubicado frente al lateral Norte de la Casa Consistorial, con doble acceso, bien a través del callejón existente o directamente desde la Plaza, donde tenía instalada su inmensa terraza. En su lugar se ha construído una nueva edificación, que a pesar de los años transcurridos desde su término, no se ha desarrollado en su espacio de planta baja, hasta la fecha, actividad alguna.


Boda en el "Sinfo"

Si el número de invitados no era muy elevado, en la Calle Ruamayor existían otros establecimientos del ramo. Por ejemplo, uno de los primeros, a la izquierda, subiendo esta Calle, era La Marina, también de gran amplitud, dotado de dos mostradores situados uno a la izquierda y otro a la derecha, entrando. Seguía después un pasillo con habitaciones y desembocaba en otro espacio amplio y luminoso, orientado al Paseo Menéndez Pelayo, situándose sus balcones ya a la altura del piso primero de dicho Paseo, dada la diferencia de nivel existente entre ambas calles. A continuación, remontando Ruamayor, en su margen izquierda había otros bares, de menor tamaño, pero muy populares, entre ellos Mazantini, Litucas, Miguelón, etc., donde también se celebraban algunos convites.

Recuerdo que en una ocasión fueron invitados mis padres a una boda cuyo refrigerio tuvo lugar, precisamente, en "La Marina", de la familia de los Escalante. Al terminar la ceremonia religiosa, me recogieron de casa y me llevaron con ellos. Había numerosas mesas alargadas, robustas, dispuestas entre los dos mostradores, dotadas de bancos y también sillas.

Acomodados los novios, familiares, invitados y amigos, el ágape consistia en vino de albillo, dispuesto en botellas y vasos y también en porrones, acompañado de galletas redondas o "marías" y otras alargadas y bizcochadas, servidas en fuentes y platos.

Recordemos que los tiempos eran dificilillos, donde todo faltaba y nada sobraba. Muchos, prácticamente todos los asistentes al acto, desde el desayuno de leche o café acompañado de un bocado de pan, no habían ingerido más alimento y la hora en que se servía el aperitivo era ya la de la comida. El vino de albillo, muy apreciado en todos los pueblos del litoral, por su sabor dulce, "entonaba" el cuerpo con verdadera satisfacción. Las galletas, en abundancia, sin mayores restricciones, igualmente "entraban" solas.

Cuando tras repetirse distintas rondas ya el personal quedaba satisfecho, aparecían los coloretes en las mejillas, y la gente comenzaba a cantar, permaneciendo en el establecimiento hasta horas después.

Yo había visto, en frecuentes ocasiones, desde mi lugar de vigia, que a media tarde, cuando había habido una boda, un par de amigos, con los brazos cruzados, a modo de lo que se conocía entonces como "la silla de la reina", transportaban en volandas a un tercero, cuya cabeza caía hacia un lado. La primera vez que ví esa escena me impresonó, llamé a mi padre, y le dije que el señor que llevaban entre dos estaba muy mal. Mi padre, deslizó una rápida ojeada y me aclaró que afortunadamente no era nada malo, sino que "igual había tomado un poco de albillo de más y que le había mareado algo". Aprendí la escena, que volvía a repetirse, prácticamente, en cada una de las bodas que se celebraban.

En el convite que me tocó estar, por vez primera, en "La Marina", junto con mis padres, ¡vaya que se repitió la escena!. Hubo que formar, no una ni dos "sillas de la reina", sino alguna más, para llevar a sus hogares a unos invitados que, atrapados por las caricias del vino dulce, apoyados sus brazos sobre la mesa, inclinaban la cabeza y caían en brazos de Morfeo de modo instantáneo.

Hoy, en la distancia, esos leales compañeros que llevaban discretamente al amigo hasta su casa, evitando un "qué decir" de dejarle abandonado en el estado en que se encontraba, se me antojan como miembros de aquellos "Ejércitos de Salvación" que proliferaron en las culturas anglosajonas bien entrado el primer tercio del pasado siglo.

Fueron pasando los lustros, y en el inicio de la década de los años sesenta ya los matrimonios comenzaron a celebrarse esencialmente los sábados, desapareciendo, muy rápidamente, el cortejo que, como queda dicho, desde la misma Iglesia de Santa María, en un orden establecido y jerarquizado, desfilaba por la calle principal de la Villa.

Al incrementarse el nivel de vida en todos los órdenes, con la llegada de los vehículos utilitarios a las familias, los novios llegaban a las puertas de la Iglesia en los vehículos de sus allegados o amigos, o bien en taxis engalanados, y quienes lo hacían a pie, al final de la ceremonia dejaron de formar el cortejo, y callejeando por la Ciudadela, se acercaban hasta el Restaurante u Hotel donde se ofrecía un suculento banquete, encabezado al inicio de los sesenta, de modo casi obligado, con una paella conteniendo, como decía un venerable vecino ya desaparecido, "amanta de tropiezu". Todavía no existia, por razones de economía, el hecho de volver los camareros, tras servir un determinado plato, a ofrecer a los comensales repetir una porción de más.

Hoy, en cualquier comida o cena de banquete de boda, de afortunadamente cualquier estrato social, los suculentos manjares, encabezados por variados entremeses, con presencia notable de marisco, continuando con selectos vinos y postres, en mesas elegantemente engalanadas y servidos por camareros profesionales, desde el principio hasta el final ofrecen repetir de los diferentes platos que componen los abultados menús. Y al final, música y baile. ¿Qué mas pedir?

En todo caso, y poniendo por delante el hecho de que nadie puede estar en contra del progreso y del alto nivel de vida de nuestras sociedades actuales, creo, íntimamente, que hemos caído en un exceso gastronómico y que la virtud hay que situarla en un término medio.

Yo, en lo personal, sigo recordando, de vez en vez, transportado mentalmente a la puerta de nuestro local, con ojos y el sentir del niño que fui, el paso de un cortejo nupcial, con las aclamaciones de "¡Vivan los novios!", y, horas más tarde, ver a dos personas que, sigilosamente, llevaban entre sus brazos, "a la silla de la reina" a un invitado amigo, hasta su casa, el cual no hizo sino ingerir unos vasucos de más, de aquel vino de albillo, dulzón y con gran cuerpo, acompañados de aquellas redondas galletas con nombre de mujer.

De ahí, quizás, derive el que tanto mi buen amigo Miguel Angel como yo, cuando estamos con otros amigos ultimando cualquier sencilla labor, digamos en tono grave y solemne: "Esto hay que celebrarlo por todo lo alto: ¡con un albillo y una galleta!"

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05 enero, 2007

La Señora del Alfiler: Una Leyenda Navideña

I


La tarde invernal era soleada y como Carlitos tenía vacaciones en el colegio, pidió permiso a su madre para salir a pasear con su perro "Almirante". Cuando éste oyó la palabra "calle", se puso a saltar alborozado junto a su joven dueño, lamiéndole descaradamente sus manos.

-¿Lo ves, mamá? Está deseando que le saque a pasear. ¡Anda, déjanos!
-Está bien, puedes llevar a "Almirante", pero no tardes en volver, ya sabes que esta noche es Nochebuena y ahora anochece muy pronto. Además, recuerda que esperamos a los tíos y primos de Madrid, que ya deben estar llegando. ¡Abrígate bien, hijo!


Carlitos salió de casa acompañado de su perro. Se trataba de un "collie", de un año de edad, que tenía un largo y estrecho hocico, orejas cortas y mirada inteligente, provisto de una cola cubierta de abundante pelo.

Como por la mañana había estado con el perro en el parque, decidió llevarlo a pasear a la montaña, por lo que se dirigieron hacia un camino que les condujo a un paraje desde el que se divisaba a sus pies la pequeña y tranquila ciudad. Se hallaba en una zona en la que existían diseminadas casas de labranza, situadas a ambos lados del camino, que se perdía en una suave pendiente hacia lo alto de una no tan lejana ladera cubierta de denso arbolado.

Las últimas casas habían quedado poco a poco atrás, destacándose al fondo una solitaria cabaña. Movido por un súbito impulso, Carlotas se encaminó hacia ella.

Cuando se acercaron al terreno que rodeaba la cabaña, vieron que la cerca de entrada estaba retirada y "Almirante" se introdujo decidido en la finca, yendo directamente hacia un pequeño bebedero de piedra situada junto a la tejavana, cuya puerta se encontraba entreabierta. Tras beber durante unos instantes, penetró en su interior.

Carlitos llamó a su perro desde la cerca, sin atreverse del todo a entrar y a poco una señora de edad, vestida de oscuro, apareció bajo el dintel y dijo:

-Carlos, Carlitos, ¡ven!.

Sorprendido, el niño avanzó hacia la mujer, a la que de lejos no conocía. No sintió temor alguno, ya que el tono de su voz pausada le inspiraba confianza. Cuando llegó junto a ella, su rostro bondadoso y sonriente le resultaba extrañamente familiar. Seguía sin conocerla, pero algo había en su persona, en la voz agradable y en su profunda mirada, que al mismo tiempo la hacía aparecer como un ser lejanamente recordado. Volvió a mirar a la señora, y sin saber exactamente por qué, pensó en su padre.

-Te llamas Carlitos, ¿verdad?
-Sí, señora.
-Tu no te acuerdas de mí, pero yo de ti sí. Tienes dos hermanos, a los que conocí también. El mayor se llama Jaime, el mediano Alejandro y tu eres el menor; naciste hace..., a ver..., hace nueve años, ¿no es así?. Pero no estés de pie. Vamos a sentarnos aquí y te daré de merendar. Tengo unas manzanas muy sabrosas, que te gustarán.


Carlitos se sentó en un pequeño banco que había junto a la puerta y mientras la mujer volvió al interior de la cabaña, daba vueltas en la cabeza tratando de recordar dónde había visto antes la cara de aquella señora, que tan bien le conocía.

Al poco regresó la mujer con unas manzanas rojas, pequeñas y brillantes, desprendiendo un aroma de fruta sazonada que las hacía aún más apetitosas, por lo que el niño no se hizo esperar cuando aquella se las ofreció, mordisqueando la primera que tomó, con avidez.

El lugar donde se hallaban era de una gran tranquilidad y belleza, y salvo el trinar de un gorrión, no se oía el más leve murmullo. Los rayos solares llegaban ya muy tibios y dentro de poco el sol desaparecería silenciosamente tras las montañas. En la distancia, parpadeaban ya las primeras luces de las casas de labranza más próximas. Minutos después, la señora y el niño hablaban animadamente, mientras "Almirante" reposaba a los pies de aquél descabezando un leve sueño.

II


En la casa se respiraba un ambiente navideño de familias llegadas de lejos y un gran trajín en la cocina, en la que las mujeres ultimaban los diversos y tradicionales platos con gran esmero. Los niños jugaban en la salita con sus primos, a los que no veían desde el verano, y los hombres charlaban en el comedor junto al cálido rescaldo de la estufa.

Eran ya pasadas las ocho de la noche cuando sonó el timbre. El conocido ladrido de "Almirante" anunció la llegada del niño, tranquilizando a sus padres. Venía contento y jadeante, con una manzana roja en cada mano y le reprocharon lo mucho que había tardado en regresar y lo preocupados que habían estado. Los primos y los tíos vinieron a despejar la situación con besos, abrazos y regalos por doquier.

La cena de aquella Nochebuena transcurrió plácidamente alrededor de la larga mesa. Los niños, atiborrados de dulces, reían con ganas colocando un sombrero y gafas de cartón a "Almirante", quien sabiendo que hacía las delicias de la chiquillería levantaba la cabeza con solemnidad, como saludando a la concurrencia. Los mayores hablaban de mil cosas, recordando viejos tiempos.

Juan, el padre de Carlitos, se levantó de la mesa volviendo seguidamente con un gran álbum familiar de fotos. Grandes y pequeños despejaron al instante de platos, fuentes, cubiertos y vasos en una porción de la mesa, y sobre el mantel puso aquél el venerado álbum, comenzando a pasar lentamente sus hojas, en las que aparecían viejas fotografías de familiares ascendientes de los presentes. Juan iba explicando: "Esta es Isabel, cuando vivía en Valencia. Mirad qué plantado está el abuelo Bernabé. Cumplió el servicio militar en Melilla el año 1.925..."

Iban pasando despaciosamente las fotografías, y al llegar a una de ellas, Carlitos dijo con excitación:

-¡Andá! La señora de la cabaña con la que hemos estado "Almirante" y yo esta tarde. Conoce a todos nosotros y me ha contado muchas cosas de papá y de tía. ¡Qué gracia, a mi me llama "Carlos III"!

Al oír esto, Juan sintió que le faltaba el aire. Su esposa, y su hermana Matilde, abrieron los ojos desmesuradamente. Tras unos segundos de tenso silencio, Juan pudo balbucear unas palabras y con dificultad dijo:

-Carlos, Carlitos, hijo, estás equivocado. Esta es tu abuela Esperanza, la madre de Matilde y mía. La pobre falleció hace ocho años, cuando tu tenías sólo uno de edad. Fíjate bien en esta foto y verás cómo es otra señora la que tú has visto. ¡Anda, mírala!.

Todos los ojos se centraron en el pequeño, el cual tras observar detenidamente la foto y pasar el dedo por la misma, exclamó:

-¡Vaya que sí!. ¡Es la misma señora!. Tiene la misma ropa negra, el mismo peinado y lleva puesto el alfiler con una "E" grande, como aquí. Me dijo que había hecho un viaje muy largo, muy largo, y que después de la misa del gallo tenía que regresar, para ya no volver. ¡Ah, que se acordaba mucho de todos y que rezaba siempre por nosotros...! Bueno, ahora me voy a la cama, que estoy muerto de sueño. Vamos, "Almirante". ¡Hasta mañana!

Al salir el niño de la estancia, el silencio era absoluto. El reloj comenzó a dar las doce campanadas. Fuera, en la calle, alguien cantaba con más voluntad que entonación: "... Noche de Dios, noche de paz..."

¿Fantasía? ¿Realidad? ¿Navidad?...

A lo lejos, todavía se escuchaba, como un susurro: "Gloria al Niño Jesús..."

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21 diciembre, 2006

El "Bullón"

Se desgrana con lentitud el año mil novecientos cincuenta y seis. La calle principal de Laredo, la más transitada, se encuentra en obras. Se trata del tramo que comprende la parte más estrecha de la calle Revellón y la Plaza del Ayuntamiento en su integridad, cuyo tramo, como consecuencia del estado de la bóveda de la red general de saneamiento que discurre longitudinalmente bajo el mismo, agravado por el peso de los vehículos y de los camiones que lo atraviesan a todas horas, hacía tiempo que venía sufriendo perceptibles hundimientos en diversos puntos, cada vez con mayor frecuencia, produciéndose en ocasiones grandes socavones que dejaban al descubierto el alcantarillado.

Cuando el estado del firme, constituído por adoquines de color azul cobalto, fabricados con escoria de altos hornos prensada, comenzaba a resultar insufrible, las autoridades decidieron levantar toda la calzada dañada y proceder a fortalecer la bóveda del colector, para cubrirla con un pavimento adecuado. Comenzaron los trabajos previos de retirada de adoquines y en un tiempo relativamente breve se descubrió el saneamiento, comenzando desde la esquina frente al comercio "El Bazar Madrileño", al inicio de la Plaza, hacia arriba, hasta rebasar ligeramente la altura del local de Pura Foncueva, "la Recadista", ya en la Calle Revellón, quedando al aire la gran cloaca conocida en esta Villa como "el bullón".

Por primera vez los laredanos pudieron ver -y también olfatear- la enorme alcantarilla de un diámetro tal que permitía el paso de un adulto a pie por su interior. Naturalmente, la zona afectada por las obras quedó más bien infectada de un olor mezcla de aguas residuales y de salitre, ya que hasta esa zona penetra el agua del mar en sus pleamares, y Laredo ofrecía por aquel entonces la impresión de haber sufrido el devastador ataque de una guerra sin cuartel, gases incluídos, con los montones de piedras labradas de la bóveda a un lado de la calzada los adoquines apilados al otro extremo, y el "bullón" con los intestinos al descubierto, a modo de singular trinchera, mostrando sus interioridades, nada gratas, en verdad, discurriendo calle abajo entre cascotes y piedras caídas.

La población en general, pero los habitantes de la parte "siniestrada" en particular, no tuvieron más remedio que soportar resignadamente la marcha, siempre lenta, de las obras que se desarrollaban a lo largo del tramo dicho y a lo ancho de aquel frio invierno.

La muchachada, como siempre, supo sacar partido de la situación y así, tan pronto como quedaba libre de sus deberes escolares, acudía presurosa al lugar de los trabajos, para ver con ojos siempre curiosos a los obreros calzados con altas botas de goma, con el agua llegándoles desde los tobillos hasta media pantorrilla (rara vez alcanzaban las aguas mayor nivel), cómo rehacían y fotalecian los bordes superiores de la canalización, colocando las piedras sueltas, que quedaban fijas mediante una buena masa de cemento.

Como las dos márgenes de locales y viviendas, tanto de la Plaza como de la Calle Revellón, quedaban separadas por la negra y maloliente canal, se colocaron numerosos tablones sobre ésta, que hacían las veces de improvisados puentes por los que se accedía, siempre de mala forma, de un lado a otro de la calle, si se quería atajar.

Al anochecer hacían su aparición, de vez en vez, adultas ratas entre las conducciones de tuberías menores que desembocaban en el "bullón", lo que provocaba gritos histéricos entre las mujeres sobre todo, y los muchachos se deleitaban cuando una jovencita cruzaba uno de los tableros, le mostraban la presencia del peludo roedor, a veces imaginario, pero otras muchas muy real, con lo que se repetía la escena de agudos chillidos y las risotadas de los chicos.

Pronto se popularizó entre la muchachada una diversión muy original. Consistía en entablar dos contendientes, plantados sobre uno de los tableros, en el centro de la bóveda, una lucha aparente, bien con palos, utilizados como espadas, (recordemos que los "chistes" o comics que se leían en esa época eran los de "El Guerrero del Antifaz", entre otros) o ya empujándose, para tratar de poner uno a otro fuera de combate, lanzándole ¡horror! a las aguas inmundas y frías que corrían bajo ambos. En ocasiones caía uno de los combatientes, pero casi siempre, el que perdía el equilibrio conseguía en el último segundo hacer caer igualmente al contrincante, y los dos se desplomaban pesadamente, mojándose pies, zapatos o "katiuscas" y ropas, impregnándose de un concentrado elixir, entre los aplausos del resto de la pandilla, que entre risotadas ayudaban a subir a los peleones, quienes jamás volvían a repetir la experiencia.


La bóveda del "bullón" al descubierto. En medio plano, leyendo, el autor.

En la fotografía que acompaña estas líneas, se recoge el estado de las obras en la Plaza, con la bóveda descubierta hasta la altura de la entonces Ferretería "El Regalo" del recordado Fernando San Emeterio, en la margen derecha, haciendo esquina a la Calle Fuente Fresnedo, con el comercio inmediatamente anterior, de Antonio Hoya Barrio, visible el gran letrero con el nombre del establecimiento "La Barata Pasiega", que corresponde al hoy reformado local de "Tejidos Nocito". El resto de la calzada, hacia arriba, que es el comienzo de la calle Revellón, con el Bar Galleta, del popular Francisco Bustío, aparece desprovista del adoquinado, preparada para resistir la dura prueba de la apertura de la canalización.

El muchacho que con pantalones cortos ojea un libro, que a juzgar por su interes y el lugar donde se halla debía tratarse de "La isla del tesoro", es quien escribe estas líneas. La instantánea la obtuvo mi hermana Conchita desde el primer piso de la zapatería de nuestro padre, en la margen izquierda de la Plaza, situado nuestro comercio unos pocos metros más abajo de donde aparezco.

A medida que los trabajos avanzaban, la gran alcantarilla se iba cubriendo con un forjado plano a base de hormigón y emparrillado de varillas de hierro, con lo que la bóveda perdió su forma primitiva y algo de su altura interior, pero ganó en solidez y seguridad.


La bóveda del "bullón" ya cubierta.

Por último, se colocaron de nuevo los adoquines, y al fin, un domingo nevado, coincidente con la clausura de las Misiones que se desarrollaron ese invierno de 1.956 en la Iglesia de Santa María, a la salida de la misa del mediodía, las autoridades locales procedieron a la inauguración del tramo reparado, que durante meses había obligado a desviar el tráfico rodado desde la Plaza de Cachupín, por la subida del Arrabal, para continuar por las Calles San Francisco y Espíritu Santo hasta enlazar con la Calle Emperador. Para ello, las escaleras existentes al final de la Calle Espíritu Santo, entre ese punto y el inicio de Las Escalerillas, justo a la altura del ábside de la antígua Ermita del Espíritu Santo, tuvieron que ser cubiertas, convirtiendo los peldaños en rampa, para los vehículos y carruajes. Años después ese tramo de escalera se hizo desaparecer definitivamente, para transformarse en acceso rodado.

Digo que las autoridades locales inauguraron en la fría mañana de aquel domingo, la obra al fin acabada. Pero no fue exactamente así. No me resisto a contarlo: uno de los miembros de aquella Corporación, tenía cierta fama de prepotente. No acudió a la misa mayor. Mientras se desarrollaba el acto religioso, tomó un taxi de la única parada existente, y a pesar de que en ambos extremos del tramo reparado -junto a la esquina del Ayuntamiento uno, y en la mitad de la Calle Revellon otro- se había tendido una bandera, de una margen a otra, para la inauguración, con dos policías locales apostados uno a cada extremo, con el taxis parado junto al "Bazar Madrileño", ordenó a ambos que retirasen momentáneamente las banderas. Conociéndole, le obedecieron sin rechistar. A continuación, el concejal subió a bordo del taxi y el vehículo, lentamente, hasta con cierta altanería mecánica transmitida quizás por ósmosis de su singular ocupante, recorrió el tramo calle arriba, hasta desaparecer. Yo me encontraba junto al "Bazar Madrileño" viendo la insólita escena.

Media hora después, al finalizar la misa mayor, el entonces Alcalde, Don Tomás de la Dehesa Blanco, el finado y recordado "Chelín", quien desconocía naturalmente el hecho, procedió a la verdadera inauguración oficial, en sentido inverso, es decir, desde la Calle Revellón (al salir de la Iglesia las autoridades y los fieles y bajar todos, como se hacía entonces, por la Calle Santa María y desembocar en Revellón), hasta el Ayuntamiento.

Han transcurrido ya cincuenta años, medio siglo, -¿tánto?, pregunta el niño de la imagen- desde entonces, pero bajo nuestros pies sigue cumpliendo su más silenciosa, oscura e inadvertida pero inestimable función, el "bullón" de Laredo, conduciendo su caudal hasta el mar, hasta la mar...

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28 agosto, 2006

La Patata Asada

El caso es que no sé cómo me encontré con aquellos cuatro chicos, de aproximadamente mi misma edad, sobre el mediodía de una jornada de primavera, que recuerdo algo nublada. ¿El año? Sobre 1.950.

Como en los colegios era únicamente la tarde del jueves la que teníamos libre, parece que tenía que tratarse de un domingo, pero no era este el caso. Era un día laborable, y por lo que fuere, no hubo escuela esa mañana, y uno de aquellos chicos, algo mayor que los demás, ninguno de los cuales formaba parte de mi pandilla habitual, pero que esa espontaneidad de la niñez hacía que la camaradería se estableciese de modo inmediato, nos llevó hasta una oquedad existente en la ladera de la montaña, próxima a la antígua cantera, en una zona paralela a la actual calle Reconquista de Sevilla, detrás de las edificaciones allí existentes, entre ellas la antígua panadería que perteneció al Pósito de Pescadores de Laredo.

El muchacho que nos condujo hasta ese refugio rocoso, dijo que había que hacer lo primero una fogata, para lo que se buscaron por los alrededores ramas y palos secos, y con unos trozos de papel se pudo, después de varios intentos y con los ojos picando del humo, de tanto soplar hasta lograr la primera llama, hacer un pequeño fuego.

Con gran parsimonia, sacó del bolsillo... ¡una patata!, y cuando del fuego quedaban los rescoldos, la enterró entre ellos. Luego de darle la vuelta con un palo y volverla a cubrir con las brasas, cuando considero que estaba lo suficientemente asada, la extrajo de los restos que quedaban de la fogata.

Con una pequeña navaja que llevaba el chico, la partió y nos dio un trozo a cada uno.

Quemando aún, nos comimos, de un soplo, la pequeña porción que nos correspondió. A mí me supo a gloria, al igual que al resto del grupo.

Tánto me agradó, que les dije que, si querían, podía ir yo a mi casa y traer alguna patata. Me contestaron afirmativamente, les dije que no tardaba nada, y salí, como una flecha, hacia la cocina familiar, situada a la espalda del pequeño comercio de mi padre en la Plaza, provista de su entrada independiente por la calle Ruayusera, por lo que la cocina disponía de dos accesos: uno desde aquella calle, y otro a través del local.

De un pequeño cesto tomé dos patatas de buen tamaño y volví con ellas a la oquedad, donde me esperaba la pandilla. Aunque no tardé más que unos pocos minutos, creo que pensaron que no volvería, por lo que se alegraron al verme.

Situados en el mismo lugar, y aún humeando, se logró hacer otro fuego, esta vez de modo más rápido, y allí se asaron las dos patatas, que comimos entre risas y jolgorio.

No es necesario decir que aquellos fueron años de dificultades de toda índole, que nada sobraba, y que nos encontrábamos en pleno racionamiento de alimentos, por lo que aquel improvisado aperitivo, aún en su nadería, adquiría un significado especial.

Animados con aquél bocado, uno de los chicos dijo de subir a las huertas de La Reina. Yo me encontraba feliz con aquella pandilla, y me sumé gustoso a la propuesta.

Callejeando por lo que hoy es la Puebla Vieja, y siempre siguiendo al "capitán" del reducido grupo, llegamos por la Calle Santa María hasta la de San Martín, y atravesando el Arco de la Blanca, ascendimos por el camino del Regatillo hasta encontrarnos en el paraje de La Reina.

Continuamos el camino que discurría junto a las altas y oscuras tapias de la antígua Cárcel del Partido, en el lugar que hoy ocupa la Guardería Infantil "Virgen de Belén", seguía un tramo recto, para después girar hacia la derecha. Como a unos 50 metros después de esa curva, en la margen derecha, en dirección a Valverde, el chaval se paró y señalando una vieja tejavana, cuyo tejado se apoyaba sobre la pared de piedra existente, dotada de una puerta construída en la propia pared, dijo:

-¡Aquí es!.

Y mirando con desconfianza a uno y otro lado, continuó:

-No vive nadie. Los dueños vienen muy poco...

Animados por la seguridad de no haber problemas, los cuatro chicos treparon con facilidad la pared y fueron saltando al interior.

Al quedar yo unicamente por subir, el muchacho me dio las órdenes precisas:

-Tú te puedes quedar a vigilar. Si ves que viene gente, nos avisas, golpeando la puerta.

Y seguidamente saltó al interior de la huerta.

Durante un tiempo que se me hizo extraordinariamente largo, en el que no transitó persona alguna por el lugar, primero una cabeza, y luego las otras, reaparecieron al fin los chicos sobre la pared y saltaron al camino sin pensarlo dos veces.

No llevaban nada en sus manos. Solamente se notaba que abultaba algo bajo la camisa o jersey de cada uno. Llevaban la mercancía "en el seno", como se decía entonces.

Nos alejamos presurosos, retrocedimos sobre nuestros pasos y en la curva referida tomamos un camino muy estrecho, con paredes a ambos lados, que desembocaba en el llamado "prado de Pagoaga", con impresionantes vistas sobre los acantilado de La Lastra, y allí, entre unos matorrales, sentados en círculo, comenzaron a sacar de entre sus ropas, el producto de la huerta que acababan de visitar.

-¡Nabos!, me dijo el cabecilla.

A continuación puso en mis manos un nabo de mediano tamaño, desprendido ya de sus hojas.

Sacó con parsimonia su navaja, y comenzó a pelar limpiamente el suyo, mordisqueando con fruición el fruto, formado por su raíz, de color blanco. Luego pasó la navaja a los demás.

Yo comencé a pelar el mío, y le hinqué el diente, pero el sabor ligeramente amargo no me agradó del todo, por lo que mis mordiscos fueron cada vez más espaciados, de tal modo que, cuando cada uno de los cuatro chavales ya había dado cuenta de su ración, yo continuaba aún masticando el mío.

El mayor, extrañado, me preguntó:

-¿No te gusta?.

Le dije que sí, y para demostrarlo, continué, poco a poco, hasta que terminé mi "ración de nabo".

Ninguno llevaba entonces reloj encima. Eso era algo impensable. Solo las personas mayores, y no todas, disponían de un reloj de bolsillo, y unos pocos, de pulsera. Sin embargo, todos llevábamos ese otro "reloj" o patrón biológico, que hacía que controlásemos más o menos los tiempos, y supiésemos si era o no hora de regresar a casa.

Lo era, efectivamente, y los cinco, emprendimos el regreso a nuestros hogares, quedándonos en las calles en que respectivamente habitábamos.

Cuando me quedé solo en la Plazuela del Marqués de Albaida, en la que se despidió el anteúltimo, yo me encaminé a mi casa. Al llegar, me reprendieron, porque era algo tarde y estaban ya todos sentados en la mesa.

Mi padre me preguntó de dónde venía. Yo le dije que había estado jugando a la pelota en la Alameda, en "el corro", con unos amigos, y que se nos había pasado a todos la hora. No me riñeron.

¿Qué otra cosa les podía decir? ¿Cómo contarles que había subido a "La Reina" con unos chicos, que habían penetrado en nuestra propia huerta saltando la pared, que habían arrancado unos cuantos nabos, mientras yo vigilaba desde fuera, y que yo mismo, de poco apetito, había comido crudo uno de ellos, cuando nunca, hasta ese día, había sido capaz de intentarlo siquiera...?

A pesar de ello, me sentí a gusto por aquella aventura extra, hasta el punto de que nunca olvidé esa lejana mañana, en la que pude saborear... ¡una patata asada!... y un nabo crudo.

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18 junio, 2006

Xavier Cugat en Laredo (y II)

En la primera parte de estos recuerdos, dábamos unas pinceladas, a modo de introducción, en especial dirigidas a los más jóvenes, sobre la personalidad de quien fué afamado músico, compositor y adaptador, así como creador de la que durante muchos años fue la orquesta más famosa del mundo, el polifacético Xavier Cugat, español afincado en Estados Unidos durante casi setenta años.

Por ello, cuando en el verano de 1.956 -no tenemos esta fecha absolutamente contrastada- saltó la noticia en Laredo de que Xavier Cugat iba a actuar en el Tenis Club de esta Villa con su orquesta, acompañado de su mujer Abbe Lane, al principio la gente pensó que se trataba de un bulo, pero efectivamente, días después, un sábado de mediados de Agosto de aquel año, tuvo lugar su actuación, que por imprevista, ni siquiera figuraba en los anuncios del Club en el programa oficial de fiestas del Ayuntamiento de Laredo de aquel verano.

Ya dijimos en el anterior número de esta Revista, que cuando había espectáculos interesantes en el Tenis Club, los laredanos, en su condición de "socios externos", acudían masivamente y se situaban a lo largo de las tres calles entre las que estaba instalado el Club, es decir, Avenida de la Victoria, Calle Guillermo Martínez Balaguer y Calle Marqués de Valdecilla, en la parte exterior del cierre perimetral del Tenis, para no perder detalle del espectáculo que se desarrollaba en sus instalaciones, ya que el escaso desarrollo de los arbustos plantados en la parte interna de la cerca, permitía su observación sin mayores incomodidades.

El Tenis Club estaba materialmente lleno de socios, pues había expectación por ver esa actuación, ya que había supuesto un considerable esfuerzo económico de la entidad, cuya directiva, que residía en Madrid, tuvo ocasión de enterarse de que Xavier Cugat se encontraba en gira por Europa, acompañado de su joven esposa, la cantante Abbe Lane, con la que se había casado en 1.952, cuando ella tenía 20 años y él 52, ya que Xavier había nacido en 1.900. Y los directivos no desperdiciaron la ocasión.

A media mañana llegó a esta Villa el autobús conteniendo a la pareja y a los componentes de la orquesta. Como el día resultó muy soleado, muchos de ellos acudieron a la playa.

Abbe Lane, cuando actuó en Laredo, tenía 24 años, era de rostro muy atractivo, lucía una figura esplendorosa, peinaba una larga melena rubia y sus vestidos eran siempre muy ajustados y escotados. Cugat la convirtió muy pronto en la reina del "cha-cha-cha".

Cuando Cugat -conocido entre sus amigos como "Cugui"- hizo su aparición en la pista, fue recibido con una larguísima ovación, que se prolongó mucho más al presentar al público a Abbe Lane.

Xavier en ese momento llevaba en la mano una pipa, que a veces acercaba a la boca, pero que nunca utilizó "de verdad", porque no era fumador. La usaba únicamente porque resultaba muy fotogénico con ella.

A continuación su afamada orquesta "Cugat and the Gigolos", todos vestidos con vistosas chaquetas rojas llameantes, al igual que lo había hecho durante décadas en el Hotel Waldorff Astoria, de Nueva York, inició su actuación con la canción del compositor Ernesto Lecuona, "Siempre en mi Corazón", lo que volvió a arrancar las ovaciones del público.

Xavier estuvo esa noche soberbio: cariñoso, simpático y locuaz y ocurrente.

Tras interpretar la orquesta un amplio repertorio de música bailable, caribeña y brasileña sobresaliendo congas, rumbas, cha-cha-chas, tangos y calipsos, con acertadas "salpicaduras" de jazz americano, se llegó el descanso.

Cuando se inició la segunda y última parte, con la actuación de Abbe Lane como cantante, "Cugui" apareció con un gracioso perrito chihuahua en el brazo.

Entre una canción y otra, acariciando a su menuda mascota, dijo:

- "Me encuentro aquí, de verdad, como en mi propia casa, porque tienen ustedes que saber que yo vivo también en Laredo, Texas, donde tengo otros muy lindos perritos. A partir de ahora, cuando vuelva al Laredo texano, me seguiré acordando de este Laredo tan bello, que he tenido ocasión de conocer, así como sus gentes, y su preciosa playa. ¿Verdad que sí, cariño?"

Al asentir su bella mujer, muy sonriente, otra larguísima ovación resonó en el recinto, a la que se sumaban los aplausos de los "socios externos", que seguían, en directo la actuación a través de la megafonía.

Y es que Cugat no mentía. Como en todo veía posibilidades de crear algún tipo de negocio, al hacer una escena con un perrito, que tuvo mucho éxito, se le vino a la cabeza dedicarse a la crianza de perros chihuahuas, estableciendo el criadero en la homónima ciudad de Laredo, en el estado de Tejas, la cual, como se sabe, queda separada de Nuevo Laredo, perteneciente al estado de Tamaulipas, en Méjico, por medio del Río Grande -como se le conoce en EE.UU., o Río Bravo como le denominan en Méjico-, cuyo río hace frontera entre ambos paises y se salva a través de cinco puentes internacionales.

En la segunda parte del espectáculo Abbe Lane deleitó al público cantando melódicas baladas, muchas en correcto español, mientras se movía por la pista con gran soltura y voluptuosidad, ya que "Cugui" le había enseñado, y bien, todas las artes escénicas. No olvidemos que Xavier aconsejó a Carmen Miranda, la bailarina, cantante y actriz brasileña, el uso de aquellos a modo de sombreros con frutas caribeñas en la cabeza, que utilizó en sus películas musicales, y que fue también quien descubrió a la mismísima Rita Haywort, con la que intervino en un filme. Esta actriz, máximo símbolo sensual del cine de los años cincuenta, protagonista de "Gilda", estuvo casada con el príncipe pakistaní Alí Kan, quien recibía cada cumpleaños de su pueblo, como regalo, su peso en oro.

La actuación de Abbe Lane con la orquesta de Xavier Cugat, constituyó todo un éxito de publico, tanto de socios como de laredanos, que no se perdieron un espectáculo semejante, y que unos y otros recordarían por muchos años.

A modo de epílogo y como curiosidad, Cugat, mundano y mujeriego, tuvo varias esposas, que enumeramos por orden cronológico: Rita Montaner, intérprete de música clasica; Dolores del Río, actriz mejicana; Lorraine Allen, modelo; la Abbe Lane de nuestros recuerdos; Charo Baeza, bailarina; e Yvone Martínez. Hubo también otras mujeres que endulzaron su existencia.

En cuanto a Abbe Lane, cuyo nombre real es Abigail-Francine Lassman, descendiente de una familia judía establecida en Brooklyn, Nueva York, se divorció de Xavier en 1.963, tras once años de matrimonio. Su última aparición fue en una serie de TV del año 1.985.

Por último, Cugat, con 21 películas que le hicieron conocido en todo el mundo, grabó muchos álbumes de discos en Mercury, con audaces arreglos, así como grandes temas originales. Pasó después a la marca Decca, donde lanzó una serie de álbumes que van de la música Disco al Latin Soul y que incluyen temas excelentes. Varese Saraband lanzó recientemente una extraordinaria muestra, en su compilación de 1.997, en CD, titulada "Cugie a-Go-Go".

Sin olvidar sus caricaturas, ya que fue un afamado dibujante, exhibidas en exposiciones en todos los continentes, Cugat, con sus ojos achinados, pequeños y maliciosos, con la sonrisa permanente, su pipa en la boca o su chihuahua en el brazo, que le gustaba presumir de su casticismo, apareció en muchas de sus imágenes en las Américas y en Europa, tocado con una boina muy a la española.

Viajaba con frecuencia a España y en diversas ocasiones expuso sus dibujos y caricaturas en Barcelona y Madrid

Establecido definitivamente en Cataluña, Francisco de Asís Javier Cugat Mingall de Bru i Deulofeo, nacido en Gerona, conocido mundialmente como Xavier Cugat, nos dejó un 27 de Octubre de 1.990, tras una larga y fecunda vida vivida de noventa años de edad.

A mi lado, "Cugui", con su bigote recortado, sonríe y parece mirarme, desde la cubierta de una colección de sus CD conteniendo sus últimas interpretaciones. Confieso que he sido un gran admirador suyo y de su música amable, permanentemente melódica, a veces desbordante de ritmo y siempre con esencias y sonidos del Trópico.

Desde esta Villa noble que conociste, que sepas, "Cugui", que te seguimos recordando.

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Xavier Cugat en Laredo (I)

Del baúl de los recuerdos extraigo el de la actuación de Xavier Cugat y su orquesta, en Laredo.

Los datos que contiene ese baúl no me permiten precisar el año en que esa actuación tuvo lugar. Creo que se sitúa muy al final de la década de los años cincuenta, inclinándome entre 1.957 y 1.960.

Fue en una gira por Europa de la orquesta del afamado Xavier Cugat cuando la Directiva del Tenis Club Laredo decidió traerla al Club, cuyo edificio social e instalaciones se ubicaban en la segunda manzana de la Avenida de la Victoria, al Norte, en su margen izquierda, entre las perpendiculares Calle Guillermo Martínez Balaguer, al Este, y Calle Marqués de Valdecilla, al Oeste.

El acceso principal, entonces, no era el de la Avenida, sino en un extremo de la Calle Martínez Balaguer, a lo largo de la cual se situaban las tres pistas de tenis, si bien después se modificó a través de la Avenida, para temer la entrada en sus últimos tiempos a la siguiente Calle Marqés de Valdecilla.

Normalmente el Tenis Club contrataba en verano, principalmente durante el mes de Agosto, una acreditada orquesta, muchas veces madrileña, aunque también actuó en otras ocasiones, con señalado éxito, la orquestina local "Osnofla", que era el nombre, pronunciado al revés, creada por el músico, Director de Banda, de Orquesta y compositor, el laredano y tántas veces recordado Don Alfonso Ruíz Martínez.

Cuando el Tenis organizaba alguna fiesta o gala sobresalientes, como la Noche de Disfraces, normalmente los fines de semana, la noticia, que era anunciada en los programas oficiales de fiestas de Laredo, los laredanos acudían esa noche en masa al Club. Hay que aclarar inmediatamente, que eran muy pocos los vecinos de esta Villa que eran socios y que su inmensa mayoría estaba constituída por "veraneantes" principalmente familias acomodadas residentes en Madrid, y también de otras regiones limítrofes, que desde los años cuarenta tenían sus chalets en Laredo, donde venían a veranear, durante los meses de Julio, Agosto y Septiembre, acompañados de sus servidumbres, como cocineras, chóferes, niñeras, etc.

Cuando digo que los laredanos acudían masivamente me refiero a que se situaban en el exterior de las cercas que delimitaban el Tenis, principalmente en la zona de acceso, para ver desde allí, en primer plano, primero la entrada de los socios, y seguidamente, bien a través de las amplias cristaleras del edificio social, cuando la orquesta y el baile tenían lugar en su interior, o ya cuando noches apacibles y calurosas lo aconsejaban, músicos y socios salían a la zona externa, destinada la parte Norte a zona verde y ajardinada, y que disponía al Sur de una extensa pista de baile.

Como el cerramiento era de un murete que llegaba hasta la cintura de una persona adulta, y sobre él se elevaba una malla metálica, con unos espaciados arbustos recortados plantados por la parte interna, se podía ver, a través del enramado, con bastante facilidad, el ambiente de la fiesta que se desarrollaba en el Club, escuchar las melódicas y modernas canciones que interpretaba la orquesta, y sobre todo ver los trajes, atuendos y disfraces de los socios, cuyas fiestas se alargaban, como máximo, hasta, a lo sumo, las dos de la madrugada, hora en la que cesaba la orquesta y los socios abandonaban en Club, y con ellos, los laredanos, éstos en su condición de "socios externos".

En ese ambiente general fue cuando se corrió la noticia de que el mismísimo Xavier Cugat, artista polifacético, iba a actuar con su mundialmente famosa orquesta y con la participación estelar de la cantante Abbe Lane, la exuberante y llamativa nueva esposa de Cugat.

Muchas personas, principalmente jóvenes posiblemente desconozcan al personaje y a su mujer, por lo que juzgo necesario dar previamente unos trazos de su fuerte personalidad, aunque alargue estos recuerdos a una segunda parte, ya para el siguiente ejemplar de "De laredo, lin":

Xavier Cugat nació en Gerona en 1.900. A los pocos años su familia se estableció en La Habana, y allí desarrolló sus facultades musicales. A los 6 años su padre le regaló su primer violín, y a los 12 años tocaba en la Orquesta Sinfónica del Teatro Nacional de La Habana, en cuya capital conoció al gran tenor Enrico Caruso, quien le pronosticó que tendría un gran éxito en EE.UU. También comenzó a destacar como magnífico dibujante.

Al término de la Primera Guerra Mundial, en 1.918, llegó a Nueva Cork, donde al no encontrar a Caruso, que se encontraba en Italia, atravesó numerosas dificultades, incluídas las económicas. En la "Gran Manzana" conoció al catalán Agustí Borguyó, joven pianista, y ambos formaron un dúo de piano y violín. A partir de entonces cambió la suerte de Xavier. Al cabo de un tiempo viajó a Los Angeles, donde se encontró con una compañera de estudios en La Habana, Rita Montaner, formando un dúo de música clásica, realizando su primera gira por Europa. Poco después Xavier y Rita se casaron.

Al retorno de su gira, Cugat decidió quedarse en Hollywood, cuando apenas tenía 20 años. Fué entonces cuando tomó posiblemente la decisión más importante de su vida: abandonar la música clásica y pasar a la música afrocubana, con acertados toques de jazz, introduciendo la Conga y la Rumba, para hacerla atractiva al público norteamericano. Con su primer orquesta, Coconut Gove, Cugat se relaciona con la flor y nata de Hollywood, Chaplin, Mari Pickford, Douglas Fairbanks, Rodolfo Valentino, Greta Garbo, y años más tarde descubrío a Rita Cansino, que luego se convertiría en la famosa actriz Rita Haywort, con la que apareció más adelante una película. Tambien comenzó en esos años a ser conocido por sus dibujos y caricaturas, tanto que en 1.924 el periódico Los Angeles Times le contrató para realizar una caricatura semanal que resultó todo un éxito.

Cugat tenía un olfato especial para los negocios. Montó una tienda de venta de pipas, para explotar la secular imagen dirigiendo su orquesta con una pipa, que jamás usó, pues no era fumador. Al aparecer en una escena con un perrito, que se puso de moda,se dedicó también a la crianza de perritos "chihuahua" en Laredo, Texas (atención al dato, en la segunda parte de estos recuerdos). También tuvo varios restaurantes, que gestionaba su hermano Enric, donde se servía comida española con su "toque" americano.

En Nueva York las fiestas en el Hotel Waldorff Astoria contaron durante décadas con la nueva orquesta de Cugat, "Cugat and the Gigolos", vestidos con chaquetas de rojo llameante, convirtiéndose en el primer exponente de la música latina, popularizando el cha-cha-cha, la conga, el mango, el calipso y la música brasileña. Con la canción "Perfidia" obtuvo un éxito rotundo.

Evidentemente, Xavier Cugat acertó con el cambio de la música clásica a la latina y afrocubana y lo confesaba abiertamente: "Prefiero tocar 'Chiquita Banana' y tener una piscina, que tocar a Bach y morirme de hambre".

Cugat intervino en numerosas películas musicales, apareciendo siempre en el papel de director de música rítmica y bailable. Destacan "Holiday in Mexico" y "This time for Keeps".

Con estos datos, entraremos de lleno, en el próximo artículo, en la recreación del fugaz aunque impactante acontecimiento que supuso la presencia de Abbe Lane, Xavier Cugat y su orquesta, en Laredo.

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04 marzo, 2006

El Racionamiento

Finalizaba la década de los años cuarenta. Entre las sombras de aquellos tiempos reaparece fugazmente en el recuerdo, la existencia de penosas restricciones de alimentos en nuestro pais. España estaba sujeta a lo que se denominó por parte de las autoridades, como "El racionamiento".

Durante los largos años que duró su implantación, iniciada el año 1.943 cada familia recibía una cartilla, amarronada ella, con cupones perforados en su interior, grapadas en su parte superior, y una vez al mes, dentro de las fechas que fijaba un bando oficial, tenían que ser llevadas al establecimiento donde podía adquirirse, a un precio tasado, la cantidad de alimentos básicos existentes que le correspondían, en base a su economía y en función al número de miembros que componían cada familia. Por cada persona se entregaba al tendero un vale, que iba desprendiendo de las cartulinas, por los artículos que recibía: aceite, patatas, alubias, lentejas, garbanzos, azucar -durante años de color moreno y finalmente blanco-, boniatos, etc.

A cada familia se le asignaba o bien elegía un determinado local donde podía retirar sus alimentos, locales a quienes la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes -conocido como Abastos- suministraba los artículos necesarios para una única entrega por familia y mes.

En el caso de nuestra familia, que formábamos cinco personas, yo solía acompañar a mi madre al comercio de ultramarinos elegido, que era Ultramarinos Celdrán, regentado por D. Francisco Celdrán Oliva, situado junto al portal hoy número 7 del Paseo Menéndez y Pelayo o Calle del Paseo, inmueble conocido como "las casas de D. Lucas", en referencia a su promotor, D. Lucas Marsella, quien las mandó edificar, concluyendo las obras el año 1.895, como lo recuerda la reja ornamental semicircular de hierro forjado que corona el montante de la puerta sita en el chaflan del local de dicho edificio que hace esquina al Paseo y a la Calle Eguilior. El amplio comercio de Celdrán, actualmente formado por la Cafetería Dólar y la Agencia de Viajes "Altamira", de la propia familia, era comúnmente conocido como "El del pájaro pinto".

Tal denominación provenía del anterior titular de la lonja, el Sr. López, quien vendía, entre otros artículos, las pastillas de jabón "El Chimbo", cuyo nombre de origen vasco se refiere a algunas especies de pájaros. El fabricante de aquel jabon entregaba a sus vendedores una placa metálica, como anuncio o reclamo, en la que aparecía un vistoso pájaro grabado en vivos colores, que se colocaba en el exterior del comercio. De ahí el sobrenombre de "El del pájaro pinto" a la tienda del Sr. Celdrán.

Cuando llegábamos a casa con tantos alimentos, me parecía, en mi sencilla apreciación infantil, que aquello daría para mucho tiempo, y así se lo expresaba a mi madre, pero ella me hacía ver que las cantidades recibidas eran tan escasas, que a lo sumo llegarían a rebasar la primera quincena del mes.

Efectivamente, en los meses sucesivos, podía yo comprobar que ni dosificándolos, se llegaba a final de mes con ellos y que había que terminar comprando "de estraperlo", desde el aceite hasta otros comestibles.

Igual ocurría con el pan, que se suministraba en una de las pocas panaderías existentes, como era la de D. José Rocillo Setién, con despacho en la Calle Revellón, que regentaba una de sus hijas, Doña Dolores "Lola" Rocillo, en la margen izquierda de la calle, frente al bar del Sr. Higinio, hoy Bar "Revellón" del popular Roberto González.

En mi casa yo tenía encomendado ir cada mañana, sobre las nueve, al despacho de Rocillo a adquirir el pan que correspondía a mi familia, para lo cual me entregaban el dinero correspondiente, junto con una bolsa de tela blanca para guardarlo.

En las inmediaciones del despacho habitaba un joven, llamado Toñín, quien, quizás por alguna manía profunda, no hablaba nunca con nadie, al menos en la calle. Cuando alguna de las personas que se encontraban en el establecimiento veian que se acercaba, se lo advertía a Lola Rocillo, la cual, tras el mostrador, mandaba cerrar la puerta acristalada, cuya llave permanecía siempre colocada en la cerradura por su parte interna. Se acercaba Toñín, empujaba la puerta, y al ver que estaba cerrada, desistía y se marchaba.

Una vez, sin embargo, pilló a todos por sorpresa, y Toñín hizo acto de presencia, entrando en el local, que era de reducidas dimensiones. Se hallaban en el interior, en ese momento, solo mujeres, y yo, un niño de corta edad. Las mujeres se asustaron mucho -y yo tanto como ellas- y se hicieron todas a un lado.

Toñín atravesó decidido el espacio, bordeó el pequeño mostrador, al que se entraba por el lado izquierdo, para llegar a las baldas situadas al fondo, donde estaban colocados los panes -barras y panecillos-. Cogió una barra de pan, la partió y dio un gran bocado, y siempre encerrado en su mutismo, retrocedió sobre sus pasos, con el pan en las manos, mientras la dueña le gritaba. Alcanzó la puerta y se marchó calle Revellón abajo, dando buena cuenta de lo que le quedaba de la barra. Eso sí, sin que una sola palabra saliese de sus labios.

Dueña, clientela y niño, todos ya tranquilizados, respiraban hondo, y algunas de las mujeres comentaban, con razón, que el buen Toñín, al fin y al cabo, lo único que quería era llevarse algo al estómago por la mañana, en aquellos años de tanta penuria.

Al fin, el año 1.952, el gobierno suprimió el denostado racionamiento. Poco a poco los artículos alimenticios sometidos durante años a tantas, tan fuertes y tan prolongadas restricciones, podían comprarse libremente en los establecimientos.

Las cartillas, con sus cupones, pasaron rápidamente al olvido.

En todo caso, en los tiempos que vivimos, afortunadamente desde la pequeña tienda de barrio hasta el centro comercial más sobredimensionado, donde se exponen en sus interminables estanterías toda una serie de atrayentes productos y artículos alimenticios, naturales o en conserva, frescos o congelados, desde los más básicos hasta los más exóticos llegados de remotos paises, no esta mal recordar , de vez en vez, que existieron nueve largos años en los que esa abundancia se traducía en escasez, carencias y limitaciones de todo orden. Claro que quienes éramos niños entonces, quizás no nos percatábamos tanto de esas situaciones, porque nuestros padres y madres, con sus sacrificios, hicieron todo lo posible para que no faltase en cada hogar lo más elemental.

Nosotros, entretanto, con toda una vida por delante, despreocupados, jugábamos, reíamos y nos divertíamos, como lo que éramos, como niños, en una época felizmente superada.

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29 diciembre, 2005

Doña Pura "La Recadista"

La mirada hacia nuestro pasado reciente nos trae a la memoria el recuerdo amable de Doña Pura Foncueva, conocida en Laredo como "La Recadista".

Y es que su figura menuda y ataviada de negro, era una de las más conocidas de Laredo, ya que su labor consistía en desplazarse todos los días, excepto domingos, a Santander, en el tren, para gestionar muchos asuntos que diariamente se le encomendaban, desde presentar un alta o baja en la Seguridad Social, comprar unos determinados botones en tal tienda, entregar una carta en mano, acudir a los distintos organismos oficiales en demanda de información, llevar y traer impresos, descambiar un par de zapatos o prendas por otra talla menor o mayor, etc., hasta traer pedidos más voluminosos que determinados comerciantes de la Villa encargaban a los mayoristas de la capital.

El último "coche de línea" -como así se llamaba al autobús que hacía el trayecto Laredo-Treto y viceversa-, servicio que tenía adjudicado la Empresa Fuentecilla, esperaba en la estación de Adal-Treto el paso y parada del tren de vía estrecha de la Compañía FEVE, en el que regresaban los pasajeros procedentes de distintos pueblos, que volvían de Santander, los cuales, en el caso de los laredanos, hacían trasbordo en dicho autobús, que los trasladaba a nuestra Villa.

Ese último servicio del coche de línea llegaba a Laredo sobre las ocho y media de la tarde, todavía con luz en verano, pero ya noche cerrada en invierno.

Sobre media hora antes de la llegada, las distintas personas que había encomendado alguna gestión a Doña Pura, comenzaban a congregarse a la altura del edificio de "La Parra", ya demolido, en el lugar donde hoy está enclavado un puesto de venta de prensa junto a unas escaleras que llevan a la cuesta de la Plaza Cachupín. Con más fácil precisión, en lo que hoy es la actual Parada de Taxis.

Estamos hablando de los años cincuenta. El alumbrado público era muy escaso entonces, con luces mortecinas, y en el último tramo recto de la carretera general que desde el Cuartel de San Lorenzo llegaba hasta la misma entrada a Laredo, había unas farolas, muy espaciadas, que colgaban de cables que las suspendían y que apenas iluminaban la calzada en su proyección vertical. Esas farolas eran redondas, como grandes platos hondos, pintadas de negro al exterior y de blanco en su parte interna. A ambos lados del mismo tramo de carretera, se elevaban los gigantescos árboles chopos, cada uno de ellos pintado de blanco en una franja elevada a un metro del suelo, para ser más visibles al ser iluminados por los faros de los coches y camionetas que circulaban por la noche.

Algunos impacientes se acercaban hasta la Caseta de Fielatos, emplazada en el inicio de la Alameda del "corro", para ver si llegaba a lo lejos el coche de línea. Cuando hacía su aparición a la altura del cuartel, el vigía o serviola daba el aviso a los demás, y entonces se producía un reagrupamiento de personas, hasta que el coche de línea se desviaba hasta situarse en su parada habitual, junto a la acera.

Y de entre los pasajeros, pocos o muchos, aparecía la esperada figura de Doña Pura, la cual comenzaba a bajar los variados bártulos que traía con ella. Cuando el encargo, por su sencillez, quedaba cumplimentado, a pie de autobús, con la entrega al interesado del "volante", bulto u otro artículo encargado, el interesado abonaba a Doña Pura su gestión, que era siempre de un precio muy asequible.

En ocasiones Doña Pura explicaba que tal encargo no había podido realizarlo, porque le habían dicho que tenía que volver al día o días siguientes.

Y quedaban aquellos otros encargos que no podían tramitarse porque exigían otro determinado trámite o aportación de más documentación. Esos casos pendientes, se explicaban no en la vía pública, sino con más sosiego y discreción en el local que Doña Pura tenía en la Calle Revellón, en su parte más estrecha, margen derecha, subiendo, donde se ubicaba el local, hoy situado bajo soportales, que es el último de esa zona más estrecha de la Calle, ya que a continuación la misma se ensancha en su tramo final. Los clientes ayudaban entonces a Doña Pura cargando con la paquetería y bultos que traía, y la seguían hasta su establecimiento, atravesando la Plaza y enfilando Revellón.

El recuerdo del local de Doña Pura "La Recadista" es de un espacio alargado, con un pequeño mostrador al frente, que se extendía hasta su fachada posterior. La bombilla situada sobre el mostrador no debía sobrepasar los 15 ó 20 watios de potencia, que apenas iluminaba las caras de los presentes. Había un par de sillas a los lados. Y allí, tras el mostrador, Doña Pura, de pie, explicaba al interesado de una determinada gestión, lo que en su destino le habían dicho que tenía que aportar para su cumplimentación, atendía nuevos encargos, recogiendo, en su caso, desde frascos con orina para analizar, hasta instancias, "volantes" para presentar, etc.

Doña Pura, en los muchos años que actuó como Recadista , -jamás se decía en Laredo "recadera"-, se ganó el aprecio y la simpatía del vecindario. Era una buena mujer, siempre con buen carácter y voz suave, que cumplía con diligencia cuanto se le encargaba. En invierno y en verano, utilizaba por la mañana el primer coche de línea para ir a la estación del ferrocarril en Treto, donde esperaba , a su paso, el tren que la llevaba a Santander.

En "la capital" hacía sus variopintas gestiones, comía y continuaba con los encargos por la tarde, hasta hacer el recorrido inverso Santander-Treto-Laredo. Y así todos los días laborables, a lo largo de los años, con frío y calor, con granizadas o con jornadas de temperaturas agobiantes.

Cuando Doña Pura Foncueva, por razón de su edad, dejó su labor de "recadista", fue continuadora en esa gestión, también de forma admirable, Doña Margarita Unzúe, a la que siguió su hermano Don Baldomero, ambos conocidos cariñosamente como "los del molinero".

Con el transcurso de los años, el nivel de vida fue en aumento, el coche particular se hizo asequible a la sociedad, y el traslado a "la capi" quedó en poco más que un paseo. Primero con el Seat 600, luego con utilitarios de mayores prestaciones, y después con toda la gama de vehículos nacionales y de importación, de todos los modelos, potencias, lujos y precios, que incrementaron inmensamente la movilidad ciudadana, y que junto con las gestorías y servicios de mensajería rápida, hicieron prácticamente innecesaria la figura del recadista.

Ello no desdibuja, sino al contrario, acrecienta el buen recuerdo que guardamos los laredanos, de aquel trabajo arduo, continuado y con precios que no llegaban ni siquiera a la categoría de "honorarios", que representó, en primer lugar en el tiempo, por ser la primera que lo ejerció y conocimos en nuestra edad, Doña Pura Foncueva, "La Recadista".

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23 agosto, 2005

Las Higueras de "La Reina"

Una soleada jornada de finales de primavera de principios de la década de los años cincuenta.

Por ser jueves, ese día, por la tarde, no hay escuela. Y los escolares, chicos y chicas de Laredo, aprovechan esa media jornada de descanso para jugar y divertirse.

Unos suben por las Escalerillas hasta "El Castillo", en la Pedrera de San Martín o Alto de Laredo, y organizan peleas entre bandos, dentro de las recias defensas de este fuerte militar que asemeja un número ocho tumbado. Por estar cubierto por depósitos de tierra el interior del recinto, se sube con facilidad hasta la parte superior de sus muros, donde las piedras aparecen sueltas, tras haber sido removidas y aprovechadas, a lo largo de muchos años, para repararr o prolongar las paredes de cierre de fincas, o para reponer piedras faltantes en fachadas de casas de mampostería.

Sin embargo, la mayoría de los chicos ascienden por el camino del Regatillo, para llegar a los parajes de "La Reina" y "El Secar", que se inician a continuación de donde hoy se emplaza la Guardería Infantil "Virgen de Fátima", en dirección a Valverde.

Pero, ¿a qué suben tan decididos y en grupos tan numerosos?. Sencillamente a "visitar" las higueras de la huertas que se encuentran en los alrededores. Eran tiempos de carencias y de estrecheces, y en los hogares faltaba mucho y sobraba nada. No olvidemos que estábamos en pleno racionamiento de alimentos, a nivel nacional.

Los mayores, mejor conocedores de la zona, llegaban, incluso, hasta Irío, a las higueras "silvestres", sin dueño, que crecen entre rocas, cuyos frutos, aseguraban, eran muy sabrosos.

Una de esas huertas, la más próxima, era la que se encontraba rebasando la primera curva a la derecha del camino, propiedad de la "ña" Lorenza (el trato de señor o doña se abreviaba entonces a "ñor" ó "ña"). Con una pared de piedra que la delimitaba del camino, tenía una puerta directa desde el mismo, que daba paso a una tejavana, y de ella se pasaba al terreno en sí. Había plantadas ocho higueras, algunas de gran desarrollo, de distintas clases, que producían higos exquisitos, "de botella", "franciscanos", "de plato", etc. Una pared medianera la separaba de la finca de la familia Remolina; por otro lindero estaba cercada con estacas y alambre, pero... el restante lindero no tenía cerramiento, ya que allí había un paso que conducía unos metros más arriba a otra finca con su casa rural, perteneciente a la misma señora.

Además, la predilección por esa huerta era porque sabían muy bien que sus higos no estaban "envenenados", como ocurría con otras, en las que sus dueños, para disuadir a los visitantes, untaban con jalapa los higos situados a la altura de la mano, aplicándola con un pincel. Al infeliz que poco después ingería uno de aquellos higos-trampa, el efecto del purgante era tan rápido y brutal, que apenas le daba tiempo no solo a apartarse unos metros, sino casi a ponerse en cuclillas para "estampar su firma" apresurada a pie de árbol.

Para vigilar y evitar la entrada de aquellos visitantes en las tardes de los jueves, así como a lo largo del ve